Friday, November 24, 2023


 

"Hombres y mujeres que han creado el valeroso espíritu leonés"
 Las ciudades, como los seres humanos, tienen fisonomía y espíritu, características que generalmente identifican a quienes crecen en ellas marcándolos con un parecido entre sí o un aire familiar, de manera similar a lo que ocurre entre hermanos. La fisonomía de la ciudad de León, Nicaragua, es una mezcla de las culturas española e indígena que le dieron origen. Su espíritu, reconocido como valiente y leal, ha ido formándose lentamente a lo largo de los años por los hombres y mujeres —de todos los estratos sociales— que la han habitado. Cada uno de ellos contribuyendo con su comportamiento a cimentar el valor moral de la comunidad leonesa. A ellos les dedico este homenaje. Muy a mi pesar, esto no es más que un sencillo homenaje virtual a unos cuantos valiosos ciudadanos leoneses, cuando en realidad hay más, muchos más. Esta galería intenta observar un orden cronológico en lo que a acontecimientos históricos se refiere, pero no en el orden en el que se presentan los homenajeados. Gina Sacasa-Ross
20 de noviembre de 2023

Recordando nuestros orígenes iniciamos este homenaje con:

La Virgen de la Merced

Cuando el conquistador español, Francisco Hernández de Córdoba funda la ciudad de León en 1524, da paso a la construcción (1528) de la primera iglesia de la ciudad bajo la advocación de Nuestra Señora de la Piedad que también significa de la Merced, o sea, Misericordia. Desde ese momento, la Virgen María brinda su protección de madre a los primeros leoneses; para no separarse jamás de su lado. Y, demostrándoles que quien ama es solidario, al ser la ciudad abatida por la desgracia los acompaña hasta encontrar el lugar seguro.



Y,

Los Indígenas Sutiavas

Dicen que en ese entonces los descendientes de los bravos maribios, sintiendo piedad por los que llegaban buscando refugio, pidieron al Dios Sol que, en señal de bienvenida, mitigara el calor de sus rayos al caer sobre la dulce señora y sus afligidos hijos. El poderoso astro así lo hizo.

                     

                                       FB leon-nicaragua feb.15

Amor y misericordia incondicional de parte de nuestra madre celestial; empatía y calidez de parte de nuestros hermanos indigenas, cuatro buenos ejemplos que desde aquella época han influido en el valeroso espíritu leones.  



 

             

Monday, October 30, 2023

¡Feliz cumpleaños, queridísimo e inolvidable primo, José!

 ¿Te acordás de esta foto? Es de la vez que llegué a tu fiesta usando esa máscara veneciana para que, según yo, nadie me reconociera. Pero que va, al tiro te levantaste preguntándome: ¿Idiay, Gina, que loquera es esta? Nada de loquera te expliqué frustradísima, solo quería agregar misterio en tu 'party'. ¿Cómo supiste que era yo? Por el andarivel, dijiste muerto de la risa. Y nos dimos un gran abrazo, igual al que te mando ahora hasta el Cielo, donde estoy segura de que estás disfrutando la gran fiesta que te preparó la Clarisa.

                             ¡Feliz cumpleaños, queridísimo e inolvidable primo, José!




Tuesday, December 6, 2022

Leyenda de La Purísima Versión de Gina Sacasa-Ross

 



                                                                  Muelle de El Realejo por C.V. Cooper

Cuentan que allá por el año 1562, el militar español Don Alonso de Cepeda iba rumbo al Perú cuando su embarcación fue sorprendida por un vendaval.  Al comienzo, el diestro navegante no dio al fenómeno mayor importancia, pero la furia del viento arreció velozmente, causando olas de gran tamaño que amenazaban con volcar el barco.  Esto sí despertó gran temor entre la marinería, y también en el militar, quien de ninguna manera quería exponer su tripulación ni su barco— a ser destrozados por el huracán.  

El viajero llevaba consigo una bella imagen de la Purísima Concepción que su hermana Teresa de Ávila, religiosa de la orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo, le había regalado con el propósito de que la Virgen guiara y protegiera su travesía.

Invocando la fe de su hermana, don Alonso rogó a la Virgen conducir el barco a un lugar seguro.

Periodista digital.com

Como por obra de un milagro, el viento amainó, la lluvia cesó y la embarcación, aunque un poco averiada, atracó en el puerto del pacífico nicaragüense llamado entonces Puerto de la Posesyon, hoy conocido como El Realejo.

Los lugareños, que eran de amable disposición, se pusieron a la orden de los accidentados para ayudarlos. Cuando descubrieron la santa imagen quedaron enamorados de su belleza, por lo que solicitaron permiso a don Alonso para que sus familias llegaran a conocerla.

La respuesta favorable del caballero corrió como reguero de pólvora entre la gente del pueblo, que en un santiamén logró organizar la visita a la Virgen para las horas de la tarde de ese mismo día. 

Al caer el sol, un gentío (podría decirse que el pueblo entero), se agrupó frente a la embarcación para saludar la dulce imagen de su madre santísima. Un comité creado específicamente para la ocasión, solicitó permiso a don Alonso, para dar hospedaje a la Virgen mientras el barco sufría las reparaciones necesarias. 

Don Alonso encontró razonable la propuesta, por lo que La Virgen fue instalada momentáneamente en la vecina iglesia de El Viejo; lugar donde sus devotos nuevos hijos se juntaban cada día al caer la tarde para con tiernas canciones agradecer a la madre celestial su visita. . . Y, cabe aquí pensar que a lo mejor, entre estrofa y estrofa de alguna de esas melodías, hasta le pidieran que se quedara con ellos. Siendo lo anterior solamente una suspicacia mía porque de tal cosa no quedó constancia alguna.  

Lo que ha quedado perpetuado en la memoria colectiva del pueblo nicaragüense, es que una vez que el navegante hubo reparado su nave y estuvo listo para proseguir su viaje, se encontró con que los locales le rogaban que les dejara su Purísima.

Él, les explicó lo imposible que le resultaba renunciar a la compañía de esa imagen; ellos alegaban que la Virgen les había trasmitido su deseo de quedarse. Por fin, y casi a viva fuerza, don Alonso logró embarcar la imagen y partir. 

Sin embargo, misteriosamente, otra tempestad se formó pocas horas después, y el barco de don Alonso nuevamente se vio embestido tan furiosamente que el militar no tuvo otra opción más que regresar a El Realejo.

Ahí fue cuando don Alonso comprendió que era voluntad y gusto de la Virgen quedarse en aquella humilde aldea.

Con dolor en su corazón por separarse de la imagen de la Virgen, regalo de su querida hermana, el expedicionario puso La Purísima en las manos de las autoridades eclesiásticas de El Realejo.

La Virgen quedó, pues, en El Viejo, en ese tiempo aldea situada a pocos kilómetros de El Realejo, muelle donde desembarcara el hermano de Teresa de Ávila, la monja carmelita de ese entonces, a la que ahora conocemos como Santa Teresa de Ávila.


El fervor de los nicaragüenses por La Purísima Concepción, nacido a raíz de lo aquí relatado, creció de tal forma, que se les volvió costumbre rezar cada año en su honor una novena durante la cual la población entera vestía de fiesta. Los parroquianos engalanaban las calles con flores y banderillas de papel, rezaban y cantaban por nueve días consecutivos.

Con el tiempo, esa devoción se propagó a poblados vecinos.  El 8 de diciembre de 1854 el Papa Pío IX declaró dogma la inmaculada concepción de María, hecho reconocido y celebrado por las autoridades eclesiásticas de Nicaragua.  En la ciudad de León, cabecera del Departamento de ese nombre, se inició la tradicional Gritería que se celebra hasta la fecha todos los 7 de diciembre, o sea la víspera de la festividad de la Purísima Concepción de la Virgen.

A las primeras horas de la noche la población recorre las calles visitando los hogares de las familias que han entronizado la imagen de La Virgen en bellos altares. Grupos de gente saludan a los dueños de casa con el ahora famoso grito de ¿Quién causa tanta alegría? Y los anfitriones contestan: ¡La Concepción de María! Luego se le canta y reza a la Virgen y se reparten refrescos y golosinas.

Actualmente, La Gritería se celebra en muchas partes del mundo, debido a que los nicaragüenses que viven fuera del país llevan consigo esta hermosa tradición mariana y la celebran donde quiera que se encuentren.

https://www.youtube.com/watch?v=CLQd4AlHeYg




Thursday, December 1, 2022

HOMENAJE A MI MAESTRA DRA. ALMA AMÉRICA ACUÑA DE ISABA


                                                                                   Colegio de La Asunción, León, Nicaragua

Tengo el honor de publicar en mi muro esta pequeña reseña sobre la Dra. Alma América Acuña de Isaba, quien fue maestra mía hace más de medio siglo, pero a quien todavía recuerdo con gran admiración.

El Colegio de la Asunción era, en León de Nicaragua, una institución privada muy seria dedicada a la formación moral y académica de niñas exclusivamente.

Regentado por religiosas católicas, las monjas unas más y otras menos, aunque bondadosas de corazón, favorecían el ambiente solemne y austero. Esperanza y Marinita sus eficientes asistentes, seguían esa misma línea de seriedad y distancia, según yo recuerdo. Y ni que decir de la Eunice que te paraba en seco con una sola retorcida de ojos.

Sin embargo, algunas maestras lograban evadir el férreo régimen. La Carlotita Castellón, era superaccesible y cariñosa; todo el mundo disfrutaba su asignatura, tanto, que la hora de clase se nos iba en un suspiro.

Pero lo máximo para la muchachada fue cuando aparecieron en la vida colegial de las alumnas de primaria dos maestras jóvenes, verdades flores juveniles, la Nelly Pineda Castellón, de quien voy a hablarles en una publicación aparte, y, Alma América Acuña Barrera a quien dedico hoy mis recuerdos.

Yo cursaba el sexto grado de primaria cuando conocí a mi maestra Alma. 

                                                        Profesora Alma A. Acuña Barrera  

Esa tarde, cuando mi mamá me pregunto qué me había parecido ella, se la describí así: "¡bella! Es una muchacha guapísima de cabellos negros con unos ojos grandes que le hacen juego".

 —"¡Mm! —dijo mi mamá—, otra vez has andado leyendo a la Corín Tellado. ¿De dónde sacaste la Vanidades"?

Pero era cierto, la profe Alma era tal cual yo la había descrito y más… Porque encima de guapa era refrescante. Fíjense que usando zapatos de tacón alto y delgado subía a toda carrera las escaleras caracol del colegio. Nosotros, sus alumnas, la seguíamos al mismo paso. ¡Todas la amábamos por espontánea y alegre!

Y como no iba a serlo, si era una hija de Masaya; la tierra de las flores, de la música y el baile, pero además, era inteligentísima y con el firme propósito de prepararse para ser útil a la humanidad.

El señor, Francisco Ernesto Martínez Morales, acucioso escritor autor del "Álbum Biográfico Masayés" nos cuenta de ella lo siguiente:

«Alma América Acuña Barrera, nació en la ciudad de Masaya el sábado 1 de diciembre de 1934. Hija del Dr. Francisco Acuña Escobar (biografiado en este libro) y de doña América Barrera Montiel (biografiada en el Segundo Tomo).

[…] Cursó su secundaria en el Colegio Divina Pastora (actualmente Colegio Madre del Divino Pastor), en Managua, donde se bachilleró en 1954. Ingresó a la Universidad Nacional Autónoma en León. Finalizó su internado rotativo en el Hospital General de Managua en 1962, obteniendo su título de Médico y Cirujano en 1963. A partir de su boda, en ese año, se le identifica también con el apellido de su esposo. Residente en pediatría, gineco-obstetricia y otorrinolaringología en el Hospital El Retiro, finalizando en enero de 1965. Hizo estudios de posgrado en foniatría y audiología en el Instituto Mexicano de la Audición y el Lenguaje, en la Ciudad de México. También hizo estudios y asistencia en el Servicio de Audiología y Foniatría en el Hospital General de la Ciudad de México; y asistencia en el Servicio de Audiología en el Hospital General del Centro Médico Nacional del Instituto Mexicano de Seguridad Social (IMSS)]» (Martínez Morales, 2021, p. 482-483).

A su regreso a Nicaragua, el matrimonio Isaba-Acuña, abrió en Managua su clínica en "CENTRAL DE ESPECIALISTAS" con disciplinas afines a su especialidad, Otorrinolaringología, Pediatría y Psiquiatría, alcanzando gran prestigio. La doctora Acuña de Isaba tuvo la oportunidad de tener en dicho centro una pequeña escuelita para dos grupos de niños: uno con problemas de audición, y otro, con problemas de lenguaje, ambos atendidos por maestras formadas en el mismo centro en donde ella estudió.

Además, la doctora Acuña de Isaba se desempeñó como médico audiólogo y foniatra en la Policlínica Central del Instituto Nicaragüense de Seguridad Social.

Debe haber sido entonces que mi queridísima ex maestra atendió a mi hermana María Mercedes, un ángel de persona que tenía problemas articulatorios del habla.

"¿Sabes quién está dándole terapia de habla a la Merceditas?, me escribió mi mamá. Tu adorada maestra Alma América. ¿Y sabes qué más? ¡Es bella! ¡Nos tiene enamorados a todos!"

Ajá, pensé, cosas de la Corín Tellado, ¿verdad? 

—"No lo dudo", le escribí en mi contestación, "ella es un encanto. Dale un abrazo de mi parte".

Por ese tiempo yo vivía en Sudamérica y aunque regresé brevemente a Nicaragua, nunca más volví a ver a mi bella maestra. Pero sí, supe de los servicios profesionales que con el amor y entrega característicos a su manera de ser, ella prestó por muchos años a los nicaragüenses. Y, de sus éxitos obtenidos gracias a su capacitación constante, como sigue contándonos el escritor, Francisco Ernesto Martínez Morales: «Ha tenido una capacitación constante, asistiendo a más de treinta congresos internacionales de audiología, en América y Europa, desde 1964. Es miembro de la Asociación de Otorrinolaringología de Nicaragua y presidió el Congreso Centroamericano de Otorrinolaringología, en 1981. Es miembro de la Asociación y Reeducación de la Palabra y del Lenguaje Oral y Escrito de la Palabra, de París, Francia. Es miembro de la Asociación de Audiología de México» (Martínez Morales, 2021, p. 483).

Hoy, cuando ella cumple 88 bendecidos años de vida y yo, detrás de ella como siempre sumo ya 80, aprovechando la oportunidad que me brinda Facebook, publico esta reseña en su honor.

Y, si Alma América me lo permite, extiendo el honor a Masaya, porque pienso que el ambiente donde crecemos influye en la formación de nuestras metas y en el grado de la tenacidad que desarrollamos para conseguirla. 

Y, también, a la mujer nicaragüense, porque, ¡es un hecho!, cuando una mujer es capaz de mostrar al mundo una trayectoria ejemplar que eleva su estima como es el caso de nuestra Dra. Alma América Acuña de Isaba, esa buena reputación automáticamente abarca a todas sus coterráneas mejorando así la imagen nacional. 

                                                       Dra. Alma América Acuña de Isaba  

Thursday, July 7, 2022

VIAJE DE QUINCE AÑOS - Por Gina Sacasa-Ross

                                               Catedral de San Nicolás, Liubliana, Eslovenia -TripAdvisor

El clima continental de Liubliana brindaba esa noche un frío que mordía.  El coche nos dejó frente a la estación del ferrocarril, un sobrio edificio histórico del siglo 19, nada rutilante al que entré esperanzada de librarme de la baja temperatura.  

Mis padres habían incluido visitar esa modesta capital europea dentro del itinerario de mi viaje de quince.  Un regalo que ellos decidieron hacerme, pero que yo, malagradecida como la mayoría de los hijos, juraba y perjuraba en ese entonces (y hasta esta fecha sigo sospechando),  que habían seleccionado el obsequio no precisamente para deslumbrarme y llenarme de júbilo a mí, la quinceañera, sino para satisfacer un viejo deseo de mi madre de conocer el país de una bisabuela, tatarabuela o chomba suya,  fuente de gran orgullo para toda la familia Novak, cuyos miembros,  indefectiblemente, no perdían oportunidad de traer a colación  la estirpe europea de la que eran herederos y a la que debían, según ellos aún muchas generaciones después, el color gris-azulado de sus pupilas que ciertamente los distinguía del resto de la población y, en el caso particular de mi familia inmediata, enloquecía a mi padre al punto de que por esos ojos no podía negarle a mi madre ningún capricho.


Para ser honesta, tengo que reconocer que Eslovenia me pareció un país interesante, con una variedad impresionante de preciosos paisajes que le hablaron a mi imaginación de las mil aventuras que una persona joven podría disfrutar siempre y cuando claro está que se pudiera desplazar a su gusto y gana «sin   estorbos». Así que, después de todo, disfruté del dichoso viaje, digamos que en un 40%. Otro 40%, sencillamente, lo soporté. Pero puedo asegurar categóricamente que el restante 20% me divertí  y que ese 20% fue en esa estación de tren en Liubliana; hecho, además, que hizo mi famoso regalo verdaderamente inolvidable para mí y… También para mis padres.    


Los humos europeos de mi madre se multiplicaron al escuchar a la guía turística resaltar los valores de la pequeña república: «Eslovenia,  se ha mostrado siempre orgullosa de su original situación geográfica. Acuñada entre Austria e Italia, es una perfecta mezcla de importantes culturas: Alemana, mediterránea y eslovena. En las calles de su ciudad vieja se entreveran construcciones de estilo Barroco, Renacentista y Art Nouveau, mudos testigos del valiente desafío de los eslovenos a las fuerzas de la naturaleza que de tiempo en tiempo sacuden  al país con  infernales terremotos obligando invariablemente la reconstrucción de las ciudades»


Desde ese día noté que mi madre había optado por, de tanto en tanto, erguir el mentón, torciéndolo ligeramente hacia la izquierda mientras entornaba sus ojos zarcos. 


La tarde que visitamos la catedral de San Nicolás estaba yo francamente maravillada admirando los bellos detalles de esa iglesia, sus frescos, su Altar Mayor y sus espléndidas puertas de metal cinceladas con portentosas figuras cuando me percaté de los susurros de mi madre, hablándome al oído:

         —Hijita, espero que sepas agradecer este esfuerzo que tu padre y yo hemos hecho al traerte a celebrar tus quince años en este país, cuna de aquel ser maravilloso, Mami Ivana, fundadora de nuestra familia, quien nos ha heredado además de la belleza del color de nuestros ojos, la fortaleza de carácter y, principalmente, la entereza moral típica de los eslovenos de lo cual eres testigo gracias a este viaje que te hemos regalado.  Quiero que me prometas, que me jures, que nunca olvidaras este bello rincón del mundo y que su recuerdo te hará tomar conciencia de tus raíces y te obligará a comportarte siempre como la gran dama que te corresponde ser.


A mis quince años, la emoción de mi madre me resultaba ridícula y su abrazo sofocante, pero quizás el misticismo del ambiente influyó en mí.  Sentí pesar por ella y decidí seguirle la corriente.

         —Te juro, madre, le dije que llevaré siempre una vida ejemplar, digna de mi sangre eslovena.

Me apretó aún más y le brotaron lágrimas de sus bonitos ojos.


Ese momento, esa comunión que hubo entre nosotros en la catedral de San Nicolás, se borró horas después en la estación del ferrocarril.


Esperando el tren que nos llevaría a Trieste, el frío era brutal.  Mi padre fue a buscar café. Las luces mortecinas no alcanzaban a alumbrar todo el ambiente, pero si me dejaron ver la banca donde una pareja se abrazaba.  Mi madre debió haberlos visto al mismo tiempo porque apresurada giró mis hombros procurando que yo volteara en dirección opuesta.  

         —Pobres dijo. No te fijes en ellos.


Pero yo no podía dejar de verlos.  ¡Cómo se besaban! ¡Se contorsionaban! ¡Se palpaban! ¡Jadeaban! Se mordían los labios, las caras, los cuerpos como enloquecidos.  Finalmente, la mujer se desplomó sobre la banca, el hombre la cubrió con su cuerpo y juntos se mecían al ritmo de alguna música excitante que nosotras no alcanzábamos a escuchar.

          —¿Qué hacen? Le pregunté alarmada a mi madre.

         —Déjalos, parece que están peleando.


Yo intuí que era otra cosa lo que estaban haciendo, pero aproveché para burlarme de mi progenitora.

         ¿Eso Crees? Reí a carcajadas Entonces,  ¿la buena gente de Eslovenia discute y se ataca cuerpo a cuerpo en público?  Yo no he visto eso nunca en Piedras Negras, madre. ¡Cuánto me alegro de ser más criolla que europea!


EXTRAÑA COINCIDENCIA - Por Gina Sacasa-Ross

 En Managua, la capital de Nicaragua, al anochecer del viernes 22 de diciembre de 1972, llegó a la sala general de emergencias una joven mujer que había sufrido graves quemaduras. Era de rasgos finos, alta y rubia. A pesar de estar padeciendo terribles dolores, no hacía alarde de ello, ni exteriorizaba con gritos sus sufrimientos. Los que esperaban en la sala se percataron de ella solamente hasta que se fue resbalando de su asiento lentamente. Entonces, se dieron cuenta de tres  cosas: 1) que la mujer había perdido el conocimiento; 2) que estaba en avanzado estado de embarazo; y 3) que nadie la acompañaba.

Los camilleros que debían llevarla donde el médico de turno, trataron infructuosamente de averiguar cómo y con quién había llegado la mujer hasta el hospital. Preguntaron a todo el personal de admisión; a los ayudantes de enfermería y a los encargados de limpieza, sin obtener ningún dato. Ni las “refresqueras”, ni las “fruteras” de los puestos de venta en las afueras del edificio –siempre tan enteradas de todo– supieron dar razón de cómo había llegado hasta allí la extraña accidentada.

Cuando la enfermera encargada de admisiones requirió de la paciente sus datos personales, no logró ninguna respuesta. La joven, que había recobrado el conocimiento, no fue capaz de responder a una sola de las preguntas, a pesar de que por la profunda mirada de sus grandes ojos, parecía comprender todo.

El médico de turno examinó las enormes quemaduras que la desconocida exhibía en el pecho y parte del abdomen. Dictaminó que estaba muy grave y que, para poder salvar a la criatura, debían de proceder a operar de inmediato. Se hicieron los preparativos necesarios, pero, inexplicablemente, al empuñar el bisturí, el médico se cortó con el aparato. La herida era profunda, y hubo de localizar a otro cirujano para que practicara la operación. Una de las ayudantas notó que en la cara de la mujer –ya totalmente anestesiada-, se dibujaba una enigmática sonrisa.  

El joven interno a quien llamaron para reemplazar al médico de turno, se estaba colocando los guantes, cuando el suelo entero del hospital se estremeció pavorosamente con la sacudida del más violento terremoto en la historia de Centroamérica. Se apagaron las luces, se escucharon tenebrosos gritos de horror y desesperación. El edificio se derrumbaba... En esos momentos, la mujer pareció salir de los efectos de la anestesia, pues se medio incorporó, abrió las piernas de par en par, expulsó al ser que llevaba en sus entrañas y dando un alarido ronco y prolongado, murió. En las tinieblas, la monja asistente a la proyectada cesárea alzó a la criatura, sin poder evitar un pánico sobrenatural que la hacía temblar de pies a cabeza.

Estaba Nicaragua apenas recuperándose del brutal sismo del 72, cuando empezaron a perturbarla los primeros brotes de una guerrilla que fue tomando fuerzas inusitadas. Pasaron varios años durante los cuales el ejército y los rebeldes libraron cruentos combates en los que ambos sufrieron numerosas bajas. En ese tiempo se hizo muy popular la historia de una niña alta y delgada que aparecía en medio de los más encarnizados combates, con los largos cabellos rubios volándole al viento, sin más función, al parecer, que la de estar allí al pie observándolo todo sin que su rostro revelara emoción alguna...

Finalmente, la perseverancia de los guerrilleros unida al rencor que el pueblo sentía por el dictador Somoza, y, sobre todo a la antipatía que su régimen había despertado mundialmente, propició a los rebeldes una sorpresiva victoria. El día del triunfo, cuando el Ejército Sandinista (como se bautizaran los guerrilleros), celebró su entrada triunfal a Managua, la niña haraposa contempló el desfile desde el atrio de la Catedral.

Los sandinistas no trajeron a los sufridos habitantes de Nicaragua, ni la paz, ni la igualdad, ni la bonanza que pregonaran durante la lucha contra Somoza. Muy al contrario, debido a la ignorancia de sus altos dirigentes, falta de experiencia en asuntos de gobierno, a su desmedida ambición y a sus creencias marxistas, pronto el país se vio sumido en un estado de retroceso económico vertiginoso.

En 1988 en Nicaragua la gente casi aullaba de hambre. La miseria azotaba el país de punta a cabo. El vulgo empezó a llamar a los sandinistas “estómagos”. Habían estancado la producción, arruinado en casi su totalidad las fábricas, los negocios, las haciendas. Los ciudadanos nicaragüenses abatidos por la desgracia, huían en hordas, como animales salvajes. Pocos abandonaban el país en avión. La gran mayoría salía por tierra cruzando Centroamérica con la esperanza de entrar a los Estados Unidos.

Así viajaron una madrugada los Turcios, desde su natal Estelí. La hermana mayor que logró salir con anterioridad, había conseguido un empleo en Miami y les enviaba gran parte del dinero que ganaba. Con eso se ayudaron para pagar el transporte.

Eran diez los pasajeros del microbús que esa madrugada abandonaron Nicaragua. A la salida de Somoto, una jovencita flaca y andrajosa, al borde de la carretera, les hizo desesperadas señas para que pararan. El chofer iba a seguir de largo, pero las mujeres del grupo le  pidieron que se detuviera. La niña suplicó un aventón. Los pasajeros, gentes humildes acostumbrados a compartir sus escasas posesiones, le hicieron un lugarcito. Ella no llevaba ningún equipaje.

Llegaron a la ciudad de Guatemala a las ocho de la mañana; apenas si estiraron las piernas cuando se detuvieron en el mercado por un café. Viajaron sin parar hasta llegar a Hidalgo en tierra mexicana a eso de las dos de la mañana. Allí se dieron otro estirón y salieron hacia la ciudad de México donde buscaron una pensión. Alquilaron una habitación y se bañaron, entrando al cuarto en turnos de tres en tres. El chofer durmió unas horas. Después prosiguieron su viaje rodando casi sin descanso durante tres días y dos noches. Tomaron un café en Monterrey y no volvieron a hacer alto hasta llegar a Matamoros.

La jovencita casi no hablaba, pero ayudaba con los niños. Entre todos juntaban para comprarle el café y alguna comidita. Ella nunca se quejó de nada. Cuando llegaron cerca de la frontera con Estados Unidos, el coyote preguntó quién era responsable de pagar la comisión de ella para poder cruzarla al otro lado; la joven fijó en él sus enormes ojos claros, y el hombre solamente dijo, “está bien”.

El grupo caminó a pie un poco más de un kilómetro hasta llegar al río. A la hora indicada todos se quitaron las ropas y asieron los neumáticos, que eran halados en cadena por el coyote guía.

Eran las ocho de la noche, las heladas aguas del Río Bravo bañaban los cuerpos de los aventureros cumpliendo el rito tradicional que los convertía en “espaldas mojadas”. Los inmigrantes oteaban con ansiedad la otra orilla con el alma en un hilo, el corazón estallándoles y el cerebro urdiéndoles mil sueños.

Caminaban ya en suelo norteamericano, cuando el coyote los alertó:

“A los matorrales, dispérsense, tírense a los matorrales...” El cuerpo del coyote cayó encima de la joven. Abusivamente el facineroso quiso aprovechar la situación, le volaban las manos y jadeaba de lujuria. La joven impávida, habló con voz queda, pero decididamente firme: “Todavía no es mi tiempo, infeliz, apártate y déjame tranquila.” Al oírla el hombre sintió un estremecimiento y huyó arrastrándose.

Al llegar a Casa Romero la muchacha tenía las ropas untadas al cuerpo y temblaba de frío. En vez de una niña daba la impresión de ser un perro callejero hambriento. La monja, al verla tuvo una honda sensación de miedo; la jovencita en cambio, sintió un sosiego que pudo haber sido una mezcla de alivio y dulzura, si tan solo ella hubiera conocido esos sentimientos.

La Casa Romero en Brownsville, Texas, era un oasis que refrescaba las almas de los arriesgados viajeros. Había en ese local unas 150 personas de todas las nacionalidades centro y sudamericanas. Las monjas proporcionaban albergue, ropa y comida. Los dormitorios eran separados para varones y mujeres. Los huéspedes dormían en literas de tres pisos; los que no alcanzaban camas, dormían en el suelo. La vida ahí comenzaba a las cinco de la mañana: todos colaboraban  repartiéndose las tareas; unos se dedicaban a la limpieza, otros a preparar las comidas. Y después que compartían un rato, se retiraban a descansar a las ocho de la noche.

Los que podían pagar $50.00 (dólares) eran presentados en Inmigración y partían en pos de sus ideales.

Nadie supo cómo la muchacha obtuvo esa suma de dinero. Alguien dijo haber escuchado que iba contratada por un hombre que hacía negocios con las tomateras en Homestead, una ciudad de la Florida.

El viernes 22 de agosto de 1992, las estaciones de radio y televisión de la Florida, comenzaron a difundir la noticia: Un huracán llamado Andrew se había formado y se temía que pasara por el sur del estado. Al principio, las personas no prestaron mucha atención. Todos los años se presentaba la misma amenaza. El sábado, los noticieros seguían prediciendo que Andrew constituía un serio peligro. Entonces, la mayoría de la población se lanzó a los supermercados para prepararse. Los establecimientos agotaron sus reservas de agua embotellada, fósforos, velas, baterías para radios y lámparas, tanques de gas, etc. Home Depot, Builders Square y todos los almacenes similares estaban repletos de clientes que —medio en serio, medio en broma—, compraban lo necesario para proteger sus hogares.

El domingo a las siete de la noche, todo el mundo estaba frente a los televisores o al lado de un radio. Andrew –definitivamente tocaría Miami y ciudades vecinas–. Frecuentemente los locutores leían la lista de los refugios que las ciudades brindaban a aquéllos que los necesitaran. El Homestead Hospital no estaba listado como refugio. Sin embargo, a eso de las once de la noche, la sala de espera de emergencias estaba atestada de gentes que habían decidido buscar albergue en ese recinto. Reinaba un ambiente de caos. El personal del hospital, nervioso por la invasión de personas, trataba por todos los medios de organizarse y guardar la calma. Nadie pudo precisar, exactamente, cuándo ni con quién había llegado hasta allí, la joven mujer que yacía inconsciente en la sala de emergencias. Tenía el cuerpo cubierto de quemaduras, era alta, rubia y estaba en avanzado estado de embarazo. En vano trataron de interrogar a la paciente sobre su origen y domicilio; en vano trataron de localizar a alguien que la conociera o supiera de ella. Inmóvil sobre la camilla, clavaba su mirada profunda en la persona que le hablaba, pero no contestaba nada. El médico que la atendía ordenó prepararla inmediatamente, para practicarle una cesárea, intentando así salvar a la criatura.

Los vientos comenzaron a arreciar. Silbaban las palmeras, doblegándose ante la furia de la naturaleza. Andrew estaba atravesando Homestead a una velocidad de 180 millas por hora.

El galeno, empezó a calzarse los guantes... Una enigmática sonrisa se dibujó en el rostro de la paciente, quien ya se encontraba bajo los efectos de la anestesia...

Volaban los techos de las casas, crujían las paredes, árboles enormes eran arrancados de cuajo. Se escuchó un estruendo como si un gigantesco tren pasara por encima del edificio, parpadearon las luces... En ese instante la mujer se incorporó, abrió las piernas de par en par, lanzó un gutural alarido y parió.

La luz se fue... Cuando, el generador de electricidad del hospital para casos de emergencia empezó a funcionar, las enfermeras se dieron cuenta de que la parturienta había muerto. El médico temblaba como las hojas de los árboles azotadas por la tormenta; lívido de pánico, sostenía en sus brazos a la niña recién nacida... Y recordaba otro nacimiento similar, ocurrido veinte años atrás en el hospital general de Managua, Nicaragua.

Coral Gables, Florida 1992

Sunday, May 29, 2022

¡ASÍ SON LAS MADRES!

Aunque los hijos ya sean adultos, las madres siempre se preocupan por ellos.

Una tarde de hace muchos años, una madre me contó esta anécdota. 

La luz

Era lo convenido. La luz en la pared del costado derecho del porche de entrada se mantendría encendida, mientras él, el hijo, estuviera fuera. Cuando él volviera a la casa, después de esas veladas divertidas, pasadas con los amigos, o tocando con los de la banda o, simplemente, paseando con alguna muchacha, él debía apagarla. Así era el trato. De esta forma, la madre, con solo descorrer las cortinas de su dormitorio, sabría que él ya había regresado. Hasta entonces, podría ella realmente conciliar el sueño que –mientras la luz estuviera encendida–, únicamente lograba a ratos, y algunas veces, poblado de desconcertantes pesadillas.

Nada había indicado esa tarde que la noche iba a resultar tan distinta a todas las otras. Como siempre, la familia cenó junta intercambiando comentarios cotidianos. El mundial de fútbol, lógicamente, fue el fuerte de la conversación. A eso de las nueve, los padres se despidieron para ir al cine. Cuando regresaron, vieron la luz encendida. Era la consigna: él, el hijo, había salido. 

La madre sonrió. Le gustaba que su hijo, tan dedicado a su profesión -porque a todo esto, él ya era todo un médico-, saliera a distraerse como cualquier joven de su edad, y le gustaba cómo él cumplía el acuerdo de “la luz”.

Con esa tranquilidad se quedó dormida, pero su subconsciente, siempre alerta, la despertó. 

La luz le hirió las pupilas aun antes de levantarse a descorrer la cortina. El corazón le dio un vuelco. ¡Él no había regresado! Miró el reloj, ¡las cuatro de la mañana!

¡Jamás se había quedado fuera tan tarde!

Pensó en despertar al esposo, pero lo vio tan plácidamente dormido que no tuvo valor. “Que descanse”, pensó, “que a lo mejor nos espera un día terrible.” 

Fue al baño y se refrescó la cara con agua fría. A propósito, se tardó lo más que pudo antes de volver a descorrer la cortina, aunque sabía perfectamente que la luz seguía encendida. Se recostó sobre la cama y cerró los ojos, “vuelve ya”, rogaba en sus pensamientos, “vuelve ya, por favor...”.

El ruido del motor de un auto la hizo saltar. “¡Ya vino!, ¡alabado sea el Señor!”.  Se asomó a la ventana solo para ver al repartidor de periódicos que ya estaba haciendo su ronda diaria.

La desilusión la envolvió en un denso pensamiento pesimista. Pero, valiente como era, reaccionó rápidamente. “Ya sé”, se dijo. “¡cómo no se me había ocurrido antes! Voy a llamar a la muchachita que anda saliendo con él”.

—¡Aló!, ¡aló! Soy la mamá de Fulanito, perdona que te llame a estas horas, pero es que él no ha venido y estoy afligidísima.

La muchacha estaba totalmente dormida. Con voz apenas audible, dominada por el sueño, contestó: 

—Me vino a dejar hace mucho rato, no sé dónde estará.

Ya no quedaba otro remedio, tenía que despertar a su marido, pero le daba tanto pesar... Tuvo otra idea... tal vez el periódico traería la noticia del accidente... y podría averiguar todos los detalles... salió a recogerlo y al salir vio los dos carros, el de su hijo estaba estacionado exactamente en el sitio acostumbrado... él había regresado, no había tal accidente...

¡Él estaba en su cuarto! Ella se olvidó del periódico y dejó la luz encendida...

—Que la apague él mañana, después que le cuente toda la angustia que he sufrido... ¡Así no se le volverá a olvidar nuestra consigna!

Se pegó cuanto pudo a su marido y se durmió a pierna suelta.



La visita y otros cuentos - Versión bilingüe

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