Saturday, April 24, 2021

UN FASCINANTE CUENTO DE GINA SACASA EN DIARIONICA.COM

 


2020-12-04 09:55:04

 Un fascinante cuento de Gina Sacasa

Caronte en internet

Por Gina Sacasa-Ross

Allá por el 2006 cuando descubrí las maravillas del Internet y el correo electrónico, caí en tal embobamiento que amanecía y anochecía presa en su 'Red'. La magia de ver aparecer o desaparecer información en la pantalla me absorbía totalmente suspendiéndome en un estado alterado de consciencia.

Era un enajenamiento que me hacía recordar cierta otra antigua y tenebrosa agitación germinada en mi natal, León de Nicaragua, cuando amigos de adolescencia intentábamos comunicarnos con el más allá por medio de la Güija. Era una experiencia que sobrecogía nuestros ánimos especialmente si practicábamos el juego durante una "lunada" en Poneloya, nuestra sencilla comunidad costera que no contando con cines ni con bares, cerraba su vida nocturna a las 10 PM. Así que, el mero hecho de reunirnos a escondidas a medianoche constituía una aventura de marca mayor.

Poseídos de febril ansiedad aguardábamos impacientes a que los ronquidos de nuestros padres indicaran que 'no había moros' en la costa. Entonces, con la adrenalina al tope, escapábamos de casa.

La luna en plenilunio rasgaba las sombras. Sus rayos alumbraban el sendero a la playa donde nos sentábamos alrededor de una fogata. La ondulante masa plateada del mar contribuía al embrujo arrastrando lánguidas olas que extendían a nuestros pies, caprichosos jeroglíficos delineados en blanca espuma. ¿Códigos?, inquirían nuestras mudas miradas. Las almas en un hilo, las bocas abiertas conteniendo la respiración, pendientes de las oscilaciones del puntero que señalaría una a una, las letras requeridas para formar la palabra reveladora. Enfrascados en la actividad prohibidísima por nuestros padres, por la iglesia y aún más grave para mí, por mis tías, 'las niñas Sacasa' que de llegar a enterarse de nuestras andanzas, nos rociarían con agua bendita de pies a cabeza para, según ellas, abrirnos los ojos al peligro que estábamos invocando.

Leer un artículo del escritor argentino, Tomás Eloy Martínez (TEM) surtió en mí —respecto a mi creciente afición al Internet—, un efecto similar al deseado por mis tías con el agua bendita: me dejó temblando los dedos sobre el teclado.

Comentaba Martínez, que esa útil herramienta tecnológica capaz de permitirnos navegar en temas de interés, también conlleva a lugares en el ciberespacio que no tienen nada que envidiarle a los macabros basureros, o a los azarosos callejones de los bajos mundos en las grandes ciudades del planeta.

Mencionaba el periodista, que a la par que el Internet acorta distancias, sirve de enlace entre familiares y amigos, resuelve en minutos asuntos que requerían días o meses para tramitarse, también proporciona —y aquí es donde entra en juego lo siniestro—, un vasto medio para comunicaciones encubiertas, celestinas (en el mejor de los casos) de romances clandestinos, pero perfectamente viable a peores bajas pasiones, negocios turbios o simplemente, una fuente de información que brindada por ingenuos usuarios es aprovechada por vándalos con funestas intenciones. ¡Todo esto, por quien sabe cuánto tiempo! Ya que es difícil borrar entradas una vez que las lanzas a la red informática.

Lo que me parece da pie a una moderna leyenda (y aquí es donde Caronte entra en la Internet) que refiera como esos datos pesarían eternamente sobre sus autores.
Quizá, acumulados en círculos similares a los del infierno descrito por Dante, se escondan los mensajes enviados por depredadores infantiles, quienes silabeando lascivas palabras cuáles venenosas serpientes sigilosas, acechan un movimiento en falso de sus hipnotizadas víctimas para atraparlas.

En otro círculo menos lúgubre, retozarían las despreocupadas comunicaciones electrónicas que esposos o esposas infieles envían a sus amantes concertando citas o intercambiando falsas promesas.

Soterrados en el fondo de ese tecnológico infierno, estarían las tramas de retorcidos espionajes de los tantos servicios de inteligencia del mundo; la revelación de sobornos políticos; escándalos sexuales de personajes públicos y otros secretos detrimentales a la humanidad como enlaces de narcotraficantes o semilleros recónditos de información codificada.
Sin lugar a dudas, el círculo de más desesperación sería alimentado por la angustia de aquellos usuarios que sin medir debidamente las consecuencias pulsan, ‘enviar’ y lanzan per sécula, seculorum sus pensamientos más íntimos y sus intenciones más ocultas a la órbita irrescatable del océano virtual.
Toda esa indeleble información queda grabada para, a lo mejor, incluso ser usada el día del Juicio Final en la famosa balanza que decidirá si tú o yo pertenecemos al grupo de los justos o al de los condenados.
Coral Gables, FL
Diciembre, 2008

PD
Desde el 2008, fecha en que redacté este artículo, la Internet ha multiplicado sus beneficios y... sus riesgos. De la mano de las ventajas brindadas por la comunicación en línea: el correo electrónico, mensajería instantánea, medios de comunicación social, videoconferencias etc., florecen también, los enlaces maliciosos que facilitan a los piratas informáticos perpetrar estafas, robos de identidad, acosos cibernéticos, explotación sexual y trasgresiones como las efectuadas por 'troles' con el objeto de manipular opiniones, crear polémicas o echar a rodar intrigas políticas y falsas noticias.

No cabe duda, que TEM con gran sagacidad periodística advirtió desde aquel entonces los pro y contras de la red de redes.

Tuesday, March 30, 2021

LEÓN DE NICARAGUA Y SU SEMANA MAYOR

 


CENTROAMERICA

Diario Las Américas

Publicado el 04-04-2009

León de Nicaragua y su Semana Mayor

Ciudad de las mil leyendas, embrujo de barro y sol. Por tus calles empedradas va rodando mi canción con cierta nostalgia indígena y un vago deje español.
(Fragmento del poema a León de Alicia Prado Sacasa)

 Por Gina Sacasa-Ross


Catedral de León, Nicaragua

La Semana Santa en mi León de Nicaragua -ciudad provinciana de sencillas costumbres moldeadas por la religión católica-, era una mezcla de desbordante alegría y fervor religioso. Recuerdo vivamente aquellas de los años 50 del pasado siglo XX.

La Semana Mayor se inauguraba oficialmente el Domingo de Ramos, día en que la ciudad entera estallaba de piadoso entusiasmo. Las calles se aseaban con anticipación hasta que rechinaran de limpias.

El viento agitaba miles de banderitas confeccionadas con papel de colores y prendidas horizontalmente en los aleros de las casas con el propósito de cubrir las calles de lado a lado y proporcionar un poco de sombra al Divino Nazareno cuya imagen hacía el recorrido sobre un burrito desde la Iglesia de Sutiaba hasta la Catedral transitando la vieja Calle Real.

Mesas con llamativos manteles de plástico eran preparadas al borde de las aceras exhibiendo toda clase de tentaciones al paladar que iban desde las frescas rodajas de sandía y las jugosas naranjas, mangos y jocotes, hasta el oloroso baho, el sabroso chancho con yuca y las crujientes empanaditas que se acompañaban con cualquiera de las refrescantes bebidas: chicha de maíz, cebada, posol, arroz con piña y las bien heladitas gaseosas marca Flores.

Los jóvenes lanzaban serpentinas a las muchachas a modo de piropos y éstas le devolvían la galantería con una sonrisa que hacía recordar los versos de Rubén: “... y la más hermosa sonríe al más fiero de los vencedores...” aunque aquí no había vencedores ni vencidos. Todo era festividad y alegría. Comenzaba la Semana Santa en León.

Uno o dos meses antes que se iniciaran estos festejos, la población empezaba a preparar los ajuares. Los comerciantes experimentaban un auge tremendo en sus negocios porque lo normal era “estrenar” comenzando desde el lazo para el cabello de las niñas, hasta los zapatos.

Las personas pudientes estrenaban un ajuar completo cada día de la semana. Los demás, hacían lo mejor que podían. Pero todos participaban de la Semana Santa con inmensa devoción.


El altar mayor de la Catedral de León

El Lunes Santo, la fiesta era en honor a San Benito, el santo negro que por trabajador, bondadoso y humilde alcanzó la santidad. Los creyentes imploraban su ayuda y comprometían su atención y solidaridad con promesas.

La iglesia de San Francisco, donde era venerado, se abarrotaba de luces, no eléctricas, sino las llamadas “luces humanas”, porque los promesantes debían vestir una gran bata blanca y portar una vela encendida. Las cláusulas de las promesas entre persona y Santo eran totalmente privadas. Así, algunos llevaban una escoba para barrer la iglesia, otros entraban de rodillas, pero siempre en traje de luz y con vela.

Recuerdo que le pagué una promesa a San Benito cuando tenía unos siete u ocho años de edad. No me acuerdo del motivo o cuál fue el milagro recibido. Puede haber sido la cura de alguna fiebre alta o enfermedad y que mi madre haya ofrecido la promesa, pues también era válido “negociar” un favor con el compromiso de que otra persona “saldría de luz” el Lunes Santo y hasta creo que podía hacerse sin previa autorización de la persona comprometida, pero una vez hecha no se podía dejar de cumplir. El Martes Santo se celebraba la procesión de San Pedro y la población acudía luciendo sus mejores galas.

El miércoles quedaban cerrados los establecimientos comerciales. Además, ese día tocaba recordar la traición de Judas y estaba permitido contar a viva voz  ingratitudes recibidas describiendo a los que las habían infringido pero sin mencionar nombres. Muchos rostros lucían lívidos el Miércoles Santo: unos de la cólera al recordar los agravios y otros del temor a ser reconocido por las descripciones...

El jueves era en extremo solemne y la catedral se desbordaba de fieles para conmemorar la instauración de la Eucaristía, ese regalo de su Cuerpo y su Sangre que nos dejó Jesús en la Ultima Cena. El obispo escogía a doce jóvenes para la ceremonia de la lavada de pies como hizo el Salvador del Mundo con sus doce apóstoles en señal de humildad.


Majestuosas esculturas en el interior de la Catedral de León

Durante todos esos días la ciudad también estrenaba alegrías. En los parques se instalaban puestos de venta con toda clase de comidas deliciosas, refrescos y golosinas y el algodón de azúcar que yo encontraba insuperablemente sofisticado y delicioso.

Pobres y ricos se mezclaban sin reparos unidos por la devoción y el entusiasmo. Era un ambiente tan sano... imposible de olvidar.

Recuerdo que siendo muy pequeña, me perdí entre el bullicio de las celebraciones. Afligida rompí a llorar.

Un borrachito que pasaba a mi lado me preguntó por qué lloraba. “No encuentro a mi mamá ni a mis hermanas”, le dije. Me aseguró que me ayudaría y me preguntó el nombre de mi padre. Al decírselo me tomo de la mano y me llevó a mi casa. ¡Qué tiempos aquellos!

Pero si los primeros días de la Semana Santa eran de fiesta y alegría, el Viernes Santo ofrecía un contraste total. A partir de la media noche del jueves la ciudad se silenciaba por completo. Se apagaba la radio. Nadie osaba entonar una canción ni silbar. Se cuidaba de que los pequeños no alborotaran y se hablaba en tono quedo. No había pleitos ni palabrotas. Se acudía a escuchar el Sermón de las Siete Palabras o Sermón del Descendimiento tras el que bajaban de la Cruz la imagen del Señor y la llevaban en impresionante solemnidad por los alrededores de la catedral en la Procesión del Santo Entierro encabezada por el cabildo eclesiástico y, al final, el obispo.

Ni automóviles ni coches circulaban las calles y las personas procuraban caminar despacio. A los niños se les recordaba no correr “para no pisar a Cristo que estaba en el suelo”. Creo que ni nos bañábamos, aunque eso tal vez fuera una manera de la muchachada de aprovechar la oportunidad.

De lo que sí estoy perfectamente segura era de la intención por demostrar un respeto profundo a la Pasión de ese Dios que había permitido la inmolación de su Hijo para redimir a la humanidad del pecado y hacerla merecedora de la vida eterna.

ANECDOTAS Y TRADICIONES

Fuertes eran las anécdotas rememoradas con voz temerosa ese gran día sobre los que osaban romper la severa tradición de respeto al Viernes Santo.

El campisto que se atrevió a salir en su caballo en busca de una vaca que se le había extraviado no regresó jamás a su rancho y apareció ahorcado de un árbol altísimo. La joven lavandera que desafió la tradición y no quiso interrumpir su tarea fue arrastrada inmisericordemente por unos brazos invisibles que la sumergieron en lo más profundo del río haciéndola desaparecer bajo la fuerte corriente.

Un impío cazador que horrorizó a la población por desdeñar el consejo de no salir de caza hasta después de que la iglesia cantara el “Gloria”, que entonces se hacía el sábado, se atravesó su propia cabeza en el primer disparo...

¿SERA POSIBLE...?

Crecí observando esas leyes del Viernes Santo y aunque, lógicamente, las fui ajustando de acuerdo a la vida moderna, he procurado no trabajar ni asistir a festejos ese día. Sorprendentemente logré hacerlo hasta hace unos años cuando, obligada por las circunstancias, tuve que ir a la oficina que administraba, aquí en Miami, donde resido.

Al principio sentí cierta aprensión pero con el trajín del día olvidé que era Viernes Santo y me enfrasqué en mi trabajo máxime cuando mi computadora pareció haberse vuelto loca y me colocaba mal las letras. Al pulsar una R en la pantalla aparecía una D. Repetí el documento más de cinco veces fijándome cuidadosamente y... nada. Llamé al departamento de reparaciones para reportar el mal funcionamiento pero me informaron que el encargado se hirió un dedo y estaba en la enfermería.

En ese momento Liliana, la recepcionista, vino a dejarme saber que la fotocopiadora estaba atascada y no había forma de lograr sacar los papeles arrugados. Conversando con ella estaba cuando escuché el grito de Manny, uno de mis compañeros, al resbalar en el piso de la cocina. Alguien colocó mal el botellón de agua que se había vaciado anegando la estancia.

Bajé un momento a pedir que nos ayudaran con el desastre y al tomar el elevador la luz parpadeó brevemente; el aparato en vez de llevarme a la planta baja subió como un tiro hasta el penthouse. Cuando al fin regresé a mi escritorio noté que las tarjetas que estaba organizando alfabéticamente, estaban en el suelo confundiéndose de nuevo.

Agotada, agradecí la decisión de los jefes de acortar el día cerrando temprano la oficina. Subí a mi automóvil dispuesta a escuchar música relajante y cuando encendí la radio oí la conocida voz de Betty Pino pidiendo disculpas a los oyentes por las fallas de trasmisión debido a que habían estado experimentando todo el día problemas con sus computadoras.

Repentinamente recordé que era Viernes Santo y se me erizó la piel. De golpe mi mente se pobló con los recuerdos de mi querido y lejano León de Nicaragua...

El reloj de mi auto marcaba las tres de la tarde.

Tuesday, November 10, 2020

Tomado de Diarionica.com


 

Trump no importa

(He doesn´t matter)

Porfirio J. Gómez


 Trump no importa. Es solamente un patético, alucinado e inescrupuloso millonario. Un sujeto anormal por sociópata. Véanle el rostro compungido. Es el rostro mismo de la derrota que intenta levantar un muerto.

En Pennsylvania un alcalde republicano le espetó: “Ponte los pantalones de niño grande y acepta tu derrota”. Porque es como si fuera un chavalo malcriado con una bomba TNT en la mano.

El partido Republicano importa, pero ahora carga una enorme responsabilidad al haber aplaudido a Trump por cuatro años sin frenar sus insensatos arrebatos y gratuitas injurias contra todo lo que es decente y valioso en los E.U.

Esto rememora la Alemania nazi al caer vencida. Ahora los partidarios dirán como entonces: “yo no sé nada, yo no vi nada, yo no supe lo que estaba pasando”. O algo así.

Por causa de Trump, la nación norteamericana alevosamente se partió en dos y ha pasado a convertirse en los Estados Desunidos de América. Pasó de liderar el mundo libre a ser el hazmerreír global, incluidos los sátrapas de Corea del Norte, Rusia, Cuba, Venezuela, Nicaragua, Turquía, Siria, etc. que aun gozan de buena salud, mientras observan cómo se desgarra el pueblo norteamericano.

¿Qué pasará con el partido Republicano después del naufragio? Este partido tiene que recomponerse, hay que salvarlo. De lo contrario, el partido está liquidado. Los demócratas, a los que los datos claman vencedores en esta forcejeada contienda electoral, deberán jugar en tal escenario un papel importante para salvaguardar la institucionalidad arrasada y con ello la democracia norteamericana.

Se dice que las ratas son los primeros especímenes en abandonar el barco que se hunde. Una deserción parecida está ocurriendo en la W.H. Hay quienes por disimulo han caído infectados de covid-19 y otros con el mea culpa en la boca.

Y el resto de sus seguidores, ¿acaso alistarán sus maletas para huir del comunismo rampante a partir de enero 2021? ¿Es que se lo creyeron en verdad? Tremenda manipulación y sarta de mentiras a la que se expuso una parte de los estadounidenses por carecer de espíritu crítico. Y de sentido común, el más común de los sentidos.<>

Thursday, October 29, 2020

¡AMIGOS NUEVAMENTE! Por Gina Sacasa-Ross

No le costó trabajo abrirse paso entre la muchedumbre. ¿Le habría servido de intrasmisible su estampa juvenil, su pelo caoba alborotado por la brisa, o la determinación que la ilusión ponía en su mirada?  A lo mejor. Aunque para decir verdad, una ola de camaradería envolvía a la gente agrupada a la orilla del puerto de La Habana Vieja esa mañana. 
Lo cierto es que la muchacha se ubicó cómodamente en la segunda fila de espectadores que  esperaban la llegada a Cuba del primer crucero proveniente de Estados Unidos en más de 40 años. Todos los ojos puestos en el mar que, una vez más, participaba en montar la historia de la isla. 
La  Guerra Fría había establecido una tumultuosa relación entre ambos países convirtiendo el Estrecho de la Florida en teatro del horror. Desde el triunfo de la revolución cubana, miles de balseros se habían jugado la vida tratando de cruzarlo en busca de libertad y oportunidades; muchos de ellos solamente para sucumbir en el propósito víctimas de lo precario de sus provisiones y embarcaciones.  Muy al contrario al  trasatlántico que ese lunes 2 de mayo del 2016 surcaba las aguas bajo un diáfano cielo azul.  
El buque enfiló por la entrada a la Bahía de La Habana. El sonido de su bocina arrancó gritos de emoción tanto entre las personas que esperaban en el muelle, como entre las que saludaban desde cubierta.   Decenas de banderas de ambos países ondeaban proclamando ¡AMIGOS NUEVAMENTE!    
Unas cuantas horas después, tripulantes y pasajeros del “Fathom Adonia” descendían conmovidos. La terminal portuaria  Sierra Maestra explotaba de alegría dando la bienvenida a los visitantes con música de salsa,  bailarines de ritmos cubano-africanos y cocteles de ron. 
— ¿Vendría? —Se preguntaba la joven.  Hasta última hora habían corrido rumores de que nadie de ascendencia cubana seria permitido entrar a la isla por mar; la incertidumbre le entreabría los labios carnosos mientras se concentraba en leer los letreros que desplegaban algunos de los pasajeros.
Al fin, vio el que le interesaba: ¿Magda?  -Indagaba la pancarta-.  
Salió disparada. El abrió los brazos para recibirla. 
Fue un abrazo largo. Punzante y rabioso al principio -como el tiempo que habían tenido que esperar para encontrarse-, cálido, intenso y emotivo después -como sus presentes esperanzas… 
Tras más de medio siglo de enfrentamientos ideológicos, Barack Obama, Presidente de Estados Unidos de Norteamérica, en una confirmación estelar a su galardón de Nobel de la Paz (2009), había propuesto a Cuba una apertura.  Por su parte, el Presidente Raúl Castro aceptó la idea.  “… esta decisión del Presidente Obama merece el respeto y reconocimiento de nuestro pueblo”, manifestó en un discurso. 
Al fin la pareja se separó un tanto…
— “¡Mi niña!” —balbuceó él.
— “¡Abuelo!” —gimió ella.
Todavía entrelazados, con los rostros frente a frente por primera vez, ambos saboreaban el momento. El, adentrándose en el pasado, deseaba acariciar con la mirada cada palmo de  la amada ciudad de sus recuerdos.  Ella, cara al futuro, oteaba el horizonte soñando un mañana cargado de promesas. El sol arrancaba brillantes destellos al agua, rivales en fulgor a las ilusiones que iluminaban los ojos de la joven y al brillo de las lágrimas del viejo.
—"Ellos ya pueden venir, ahora queda que nosotros podamos salir” —comentó alguien entre el público.
—“No será fácil, pero podremos” —aseguró en voz alta Magda, recordando el discurso de Obama durante su visita a La Habana.
Ecos de música cubano africana seguían inundando el aire de optimismo.  
 
Camarillo, California
Mayo, 2016 

Tuesday, October 27, 2020

Memoria del Caribe

 

Memoria del Caribe

Es el territorio donde se han incubado las mejores ideas redentoras y los sueños más perversos

SERGIO RAMÍREZ

26 OCT 2020 - 17:30 CST EL PAIS

Cuando hablamos de identidad deberíamos empezar por buscarla en la diversidad. El Caribe, tan diverso y múltiple, es un universo complejo que se forma a través de los siglos en base a una mezcla de etnias de muy distinta procedencia, y de muy distintas culturas y lenguas, y que engloba variados territorios geográficos, continentales e insulares, distantes entre sí, pero que comparten elementos culturales fundamentales.

La cultura se vuelve un elemento crucial a la hora de hablar de diversidad, y al tratar de representar bajo un denominador común todo este conglomerado asombroso, y tan deslumbrante, que llamamos Caribe, y que desborda, en primer lugar, la lógica geográfica.

Podemos describir un círculo que comprende toda la costa del golfo de México, desde la Florida hasta Yucatán y la costa maya, que baja por la cornisa de Centroamérica, hasta la costa de Colombia, Venezuela y las Guyanas, y de allí por ese mar mediterráneo nuestro que comprende las Antillas mayores y menores, islas a sotavento y barlovento, y marca la frontera hacia el Atlántico.

El Mississippi de Mark Twain y William Faulkner es un río del Caribe, como Nueva Orleans y todo el Dixieland del jazz es el Caribe; y el Orinoco de Rómulo Gallegos, y el Magdalena de Gabriel García Márquez son ríos del Caribe. Y la isla de Trinidad de V.S. Naipul es una isla del Caribe, como Santa Lucía de Derek Walcott, y su mar de Homero, y la Martinica de Aimé Césaire, y Guadalupe de Saint John Perse.

Pero el Caribe es también la costa del Pacífico de Centroamérica, tierras de selvas y volcanes de Rubén Darío y Miguel Ángel Asturias, y es Guayaquil, ya muy adentro, hacia el sur, de ese mismo océano Pacífico, y lo es también Salvador, Bahía, en el litoral atlántico brasileño, territorio de Jorge Amado.

Una diversidad de razas y de pueblos. Una gran olla en la lumbre, una gran cocina de lenguas y música y religiones y ritos. El gran melting pot sin parangones. Un mestizaje múltiple. Los pueblos que ya estaban desde antes de la llegada de los conquistadores, zainos, arahuacos, caribes, mayas, nahuas, chibchas. Y los andaluces y extremeños, castellanos y vascos de la conquista, y los que siguieron llegando después, oleada tras oleada, catalanes, canarios, gallegos, y los colonos portugueses, los calabreses y napolitanos de la Italia pobre del sur, las juderías sefarditas en éxodo, y los judíos de Europa oriental, los árabes de Siria y Líbano y los palestinos del Imperio Otomano, y los chinos de Cantón escondidos en los barcos en barriles de tocinos salados, los hindúes de Bombay, los holandeses luteranos, los corsarios franceses.

Y, sobre todo, y este es un elemento común, que suele obviarse, o rebajarse, los negros esclavos traídos de África. Los mercados de esclavos más importantes estaban en Cartagena, Portobelo y La Habana, y por todo el Caribe se multiplicó la población mulata. Fueron los mestizos y mulatos los que pelearon las guerras de independencia, y la población de origen africano se diluyó bajo los distintos disfraces del blanqueo, que fue un proceso ideológico de ocultamiento de identidad.

Pero la herencia africana es infaltable, e inocultable. Sólo para mencionar la música, sin la que el Caribe no existiría como lo conocemos: del danzón a la guaracha, al merengue, la bachata, los porros, al mambo, las distintas variedades de la salsa; y más allá, hasta el sur del continente, el candombe, y la milonga y el tango, que tienen la imperdible marca africana.

Y el Caribe es también el territorio donde se han incubado las mejores ideas redentoras y los sueños más perversos, y se han fraguado proyectos de poder que podemos ver reflejados en la literatura, que los copia de la realidad de la historia.

Dónde sino habría de aparecer un personaje como Henri Christophe, al que encontramos en las páginas de El reino de este mundo, la novela de Alejo Carpentier. Era cocinero de una fonda en Haití, y llegaría a coronarse rey. E hizo construir en la cumbre del Gorro del Obispo la ciudadela de La Ferrière, cada bloque de piedra subido a lomo de sus súbditos esclavos, el antiguo esclavo dueño de esclavos.

Henri Christophe piensa en la opresión como esclavo, e imagina el poder como caudillo. Imagina con delirio. Y el delirio habría de repetirse a partir de entonces a lo largo de la historia. Con otros nombres, y otros disfraces.

La novela del dictador tiene su cuna en el Caribe, de El señor presidente, de Asturias, a El recurso del método, de Carpentier, a El otoño del patriarca, de García Márquez, a La fiesta del chivo, de Vargas Llosa. Es la geografía del caudillo, que en uno y otro país llega al poder para no irse más, llena las cárceles de presos políticos, agrega títulos sin fin a su nombre, e impone el terror, la adulación y el silencio.

Porque el Caribe es también un territorio de sueños perdidos, y de extrañas convivencias. Un mundo rural, antiguo, anacrónico, que pretende ser moderno y que fracasa siempre bajo el peso del caudillo enlutado. Y la terca persistencia de aquel mundo viejo, al que nunca termina de comerse la polilla, produce el asombro en la literatura.

Sergio Ramírez es escritor y Premio Cervantes 2017. Su última novela es Ya nadie llora por mí (Alfaguara).

Monday, October 19, 2020

EL TALLER DE CARMEN

Publicado en Artes y Letras de El Nuevo Diario 05/29/2016

El taller de Carmen

Por Gina Sacasa-Ross

Escritora nicaragüense residente en EEUU. 

Eloísa no sabía precisar cuando había comenzado a experimentar aquel mariposeo interno; ni siquiera, podía identificar exactamente en qué parte de su cuerpo sucedía, ¿en su pecho, en su corazón o en la boca del estomago? 

La extraña sensación le recordó a Eloísa el consejo brindado a la humanidad por el sabio Unamuno: [...] “el cuerpo canta; y el hombre escucha” lo que a su vez le provocó risa. ¡Siempre saco a relucir la literatura!, se dijo mientras seguía cavilando.  De algo si estaba segura: embarazada no estaba, enamorada tampoco. Bueno, estaba casada y quería a su marido pero ya llevaban veinte años de matrimonio lo que garantizaba que ese aleteo no se debía a la emoción de verlo, escucharlo ni nada por el estilo.    

El asunto era un misterio y ya comenzaba a notársele. 

—Andas en las nubes— le dijo un día su amiga Ángela con tono de reproche.

—Es que… —atinó Eloísa a contestar y allí se quedó, ensimismada, con la mirada perdida.

Hasta aquella noche. 

—Me siento como zombi— le comunicó Eloísa a su esposo. —Me voy a dormir temprano—.

Hizo bien, porque fue precisamente antes de meterse en la cama que logró despejar la incógnita gracias a aquel duendecillo que se le apareció de repente.

—Eloísa—le susurró al oído, —yo sé lo que te sucede. Yo sé porque sentís ese aleteo; que dicho sea de paso no se llama aleteo, se llama deseo, inquietud, vocación, en fin que lo que te sucede es que te morís por ser escritora.

—¿Yooo?— argumentó Eloísa. —¿De dónde voy a sacar esa idea?  !Que disparate!—

—Que no querrás aceptarlo es otra cosa— continuo el duende con absoluta seguridad. Es más, fijate en lo que te voy a decir: no es que no querrás aceptarlo, es que tenes miedo a fracasar, a no poder hacerlo—. 

—Humm— resopló Eloísa en actitud defensiva.

—La vida te está dando una oportunidad— prosiguió el enano, —la Asociación Nicaragüense de Escritoras te mandó un email invitándote a participar en el taller de escritura creativa dictado por la Carmen Pérez Cuadra. Es tu oportunidad. Corre a contestarlo—.

—¿Correr? ¿No te digo que sos iluso? ¡No puedo correr!— Y Eloísa dirigió una sarcástica mirada a su silla de ruedas.

El geniecillo dio un salto y se situó detrás de la silla de ruedas de Eloísa. —Sentate— ordenó entusiasmado, —yo te empujo—. 

 


"HOMBRES Y MUJERES QUE HAN CREADO EL VALEROSO ESPÍRITU LEONÉS" --TERCERA ENTREGA.

 Las ciudades, como los seres humanos, tienen fisonomía y espíritu, características que generalmente identifican a quienes crecen en ellas m...