Friday, June 18, 2021
Saturday, April 24, 2021
UN FASCINANTE CUENTO DE GINA SACASA EN DIARIONICA.COM
2020-12-04 09:55:04
Un fascinante cuento de Gina Sacasa
Caronte en
internet
Por Gina
Sacasa-Ross
Allá por
el 2006 cuando descubrí las maravillas del Internet y el correo electrónico,
caí en tal embobamiento que amanecía y anochecía presa en su 'Red'. La magia de
ver aparecer o desaparecer información en la pantalla me absorbía totalmente
suspendiéndome en un estado alterado de consciencia.
Era un
enajenamiento que me hacía recordar cierta otra antigua y tenebrosa agitación
germinada en mi natal, León de Nicaragua, cuando amigos de adolescencia
intentábamos comunicarnos con el más allá por medio de la Güija. Era una
experiencia que sobrecogía nuestros ánimos especialmente si practicábamos el
juego durante una "lunada" en Poneloya, nuestra sencilla comunidad
costera que no contando con cines ni con bares, cerraba su vida nocturna a las
10 PM. Así que, el mero hecho de reunirnos a escondidas a medianoche constituía
una aventura de marca mayor.
Poseídos
de febril ansiedad aguardábamos impacientes a que los ronquidos de nuestros
padres indicaran que 'no había moros' en la costa. Entonces, con la adrenalina
al tope, escapábamos de casa.
La luna en
plenilunio rasgaba las sombras. Sus rayos alumbraban el sendero a la playa
donde nos sentábamos alrededor de una fogata. La ondulante masa plateada del
mar contribuía al embrujo arrastrando lánguidas olas que extendían a nuestros
pies, caprichosos jeroglíficos delineados en blanca espuma. ¿Códigos?, inquirían nuestras mudas miradas. Las almas en un hilo, las bocas abiertas conteniendo la
respiración, pendientes de las oscilaciones del puntero que señalaría una a
una, las letras requeridas para formar la palabra reveladora. Enfrascados en la
actividad prohibidísima por nuestros padres, por la iglesia y aún más grave
para mí, por mis tías, 'las niñas Sacasa' que de llegar a enterarse de nuestras
andanzas, nos rociarían con agua bendita de pies a cabeza para, según ellas,
abrirnos los ojos al peligro que estábamos invocando.
Leer un
artículo del escritor argentino, Tomás Eloy Martínez (TEM) surtió en mí
—respecto a mi creciente afición al Internet—, un efecto similar al deseado por
mis tías con el agua bendita: me dejó temblando los dedos sobre el teclado.
Comentaba
Martínez, que esa útil herramienta tecnológica capaz de permitirnos navegar en
temas de interés, también conlleva a lugares en el ciberespacio que no tienen
nada que envidiarle a los macabros basureros, o a los azarosos callejones de
los bajos mundos en las grandes ciudades del planeta.
Mencionaba
el periodista, que a la par que el Internet acorta distancias, sirve de enlace
entre familiares y amigos, resuelve en minutos asuntos que requerían días o
meses para tramitarse, también proporciona —y aquí es donde entra en juego lo
siniestro—, un vasto medio para comunicaciones encubiertas, celestinas (en el
mejor de los casos) de romances clandestinos, pero perfectamente viable a peores
bajas pasiones, negocios turbios o simplemente, una fuente de información que
brindada por ingenuos usuarios es aprovechada por vándalos con funestas
intenciones. ¡Todo esto, por quien sabe cuánto tiempo! Ya que es difícil borrar
entradas una vez que las lanzas a la red informática.
Lo que me
parece da pie a una moderna leyenda (y aquí es donde Caronte entra en la
Internet) que refiera como esos datos pesarían eternamente sobre sus autores.
Quizá, acumulados en círculos similares a los del
infierno descrito por Dante, se escondan los mensajes enviados por depredadores
infantiles, quienes silabeando lascivas palabras cuáles venenosas serpientes sigilosas,
acechan un movimiento en falso de sus hipnotizadas víctimas para atraparlas.
En otro
círculo menos lúgubre, retozarían las despreocupadas comunicaciones
electrónicas que esposos o esposas infieles envían a sus amantes concertando
citas o intercambiando falsas promesas.
Soterrados
en el fondo de ese tecnológico infierno, estarían las tramas de retorcidos
espionajes de los tantos servicios de inteligencia del mundo; la revelación de
sobornos políticos; escándalos sexuales de personajes públicos y otros secretos
detrimentales a la humanidad como enlaces de narcotraficantes o semilleros
recónditos de información codificada.
Sin lugar a dudas, el círculo de más desesperación sería
alimentado por la angustia de aquellos usuarios que sin medir debidamente las
consecuencias pulsan, ‘enviar’ y lanzan per sécula, seculorum sus pensamientos
más íntimos y sus intenciones más ocultas a la órbita irrescatable del océano
virtual.
Toda esa indeleble información queda grabada para, a lo
mejor, incluso ser usada el día del Juicio Final en la famosa balanza que
decidirá si tú o yo pertenecemos al grupo de los justos o al de los condenados.
Coral Gables, FL
Diciembre, 2008
PD
Desde el 2008, fecha en que redacté este artículo, la
Internet ha multiplicado sus beneficios y... sus riesgos. De la mano de las
ventajas brindadas por la comunicación en línea: el correo electrónico,
mensajería instantánea, medios de comunicación social, videoconferencias etc.,
florecen también, los enlaces maliciosos que facilitan a los piratas informáticos
perpetrar estafas, robos de identidad, acosos cibernéticos, explotación sexual
y trasgresiones como las efectuadas por 'troles' con el objeto de manipular
opiniones, crear polémicas o echar a rodar intrigas políticas y falsas
noticias.
No cabe duda,
que TEM con gran sagacidad periodística advirtió desde aquel entonces los pro
y contras de la red de redes.
Tuesday, March 30, 2021
LEÓN DE NICARAGUA Y SU SEMANA MAYOR
Diario Las Américas Publicado
el 04-04-2009 León de
Nicaragua y su Semana Mayor
Ciudad de las
mil leyendas, embrujo de barro y sol.
Por tus calles empedradas va rodando mi
canción con cierta nostalgia indígena y un
vago deje español. |
Catedral de León, Nicaragua
La Semana Santa en mi León de
Nicaragua -ciudad provinciana de sencillas costumbres moldeadas por la religión
católica-, era una mezcla de desbordante alegría y fervor religioso. Recuerdo
vivamente aquellas de los años 50 del pasado siglo XX.
La Semana Mayor se inauguraba
oficialmente el Domingo de Ramos, día en que la ciudad entera estallaba de
piadoso entusiasmo. Las calles se aseaban con anticipación hasta que rechinaran
de limpias.
El viento agitaba miles de
banderitas confeccionadas con papel de colores y prendidas horizontalmente en
los aleros de las casas con el propósito de cubrir las calles de lado a lado y
proporcionar un poco de sombra al Divino Nazareno cuya imagen hacía el
recorrido sobre un burrito desde la Iglesia de Sutiaba hasta la Catedral
transitando la vieja Calle Real.
Mesas con llamativos manteles de
plástico eran preparadas al borde de las aceras exhibiendo toda clase de
tentaciones al paladar que iban desde las frescas rodajas de sandía y las
jugosas naranjas, mangos y jocotes, hasta el oloroso baho, el sabroso chancho
con yuca y las crujientes empanaditas que se acompañaban con cualquiera de las
refrescantes bebidas: chicha de maíz, cebada, posol, arroz con piña y las bien
heladitas gaseosas marca Flores.
Los jóvenes lanzaban serpentinas a
las muchachas a modo de piropos y éstas le devolvían la galantería con una
sonrisa que hacía recordar los versos de Rubén: “... y la más hermosa sonríe al
más fiero de los vencedores...” aunque aquí no había vencedores ni vencidos.
Todo era festividad y alegría. Comenzaba la Semana Santa en León.
Uno o dos meses antes que se
iniciaran estos festejos, la población empezaba a preparar los ajuares. Los
comerciantes experimentaban un auge tremendo en sus negocios porque lo normal
era “estrenar” comenzando desde el lazo para el cabello de las niñas, hasta los
zapatos.
Las personas pudientes estrenaban
un ajuar completo cada día de la semana. Los demás, hacían lo mejor que podían.
Pero todos participaban de la Semana Santa con inmensa devoción.
El altar mayor de la Catedral de León
El Lunes Santo, la fiesta era en
honor a San Benito, el santo negro que por trabajador, bondadoso y humilde
alcanzó la santidad. Los creyentes imploraban su ayuda y comprometían su atención
y solidaridad con promesas.
La iglesia de San Francisco, donde
era venerado, se abarrotaba de luces, no eléctricas, sino las llamadas “luces
humanas”, porque los promesantes debían vestir una gran bata blanca y portar
una vela encendida. Las cláusulas de las promesas entre persona y Santo eran
totalmente privadas. Así, algunos llevaban una escoba para barrer la iglesia,
otros entraban de rodillas, pero siempre en traje de luz y con vela.
Recuerdo que le pagué una promesa
a San Benito cuando tenía unos siete u ocho años de edad. No me acuerdo del
motivo o cuál fue el milagro recibido. Puede haber sido la cura de alguna
fiebre alta o enfermedad y que mi madre haya ofrecido la promesa, pues también
era válido “negociar” un favor con el compromiso de que otra persona “saldría
de luz” el Lunes Santo y hasta creo que podía hacerse sin previa autorización
de la persona comprometida, pero una vez hecha no se podía dejar de cumplir. El
Martes Santo se celebraba la procesión de San Pedro y la población acudía luciendo
sus mejores galas.
El miércoles quedaban cerrados los
establecimientos comerciales. Además, ese día tocaba recordar la traición de
Judas y estaba permitido contar a viva voz
ingratitudes recibidas describiendo a los que las habían infringido pero
sin mencionar nombres. Muchos rostros lucían lívidos el Miércoles Santo: unos
de la cólera al recordar los agravios y otros del temor a ser reconocido por
las descripciones...
El jueves era en extremo solemne y
la catedral se desbordaba de fieles para conmemorar la instauración de la
Eucaristía, ese regalo de su Cuerpo y su Sangre que nos dejó Jesús en la Ultima
Cena. El obispo escogía a doce jóvenes para la ceremonia de la lavada de pies
como hizo el Salvador del Mundo con sus doce apóstoles en señal de humildad.
Majestuosas esculturas en el interior de la Catedral de León
Durante todos esos días la ciudad
también estrenaba alegrías. En los parques se instalaban puestos de venta con
toda clase de comidas deliciosas, refrescos y golosinas y el algodón de azúcar
que yo encontraba insuperablemente sofisticado y delicioso.
Pobres y ricos se mezclaban sin
reparos unidos por la devoción y el entusiasmo. Era un ambiente tan sano...
imposible de olvidar.
Recuerdo que siendo muy pequeña,
me perdí entre el bullicio de las celebraciones. Afligida rompí a llorar.
Un borrachito que pasaba a mi lado
me preguntó por qué lloraba. “No encuentro a mi mamá ni a mis hermanas”, le
dije. Me aseguró que me ayudaría y me preguntó el nombre de mi padre. Al
decírselo me tomo de la mano y me llevó a mi casa. ¡Qué tiempos aquellos!
Pero si los primeros días de la
Semana Santa eran de fiesta y alegría, el Viernes Santo ofrecía un contraste
total. A partir de la media noche del jueves la ciudad se silenciaba por
completo. Se apagaba la radio. Nadie osaba entonar una canción ni silbar. Se
cuidaba de que los pequeños no alborotaran y se hablaba en tono quedo. No había
pleitos ni palabrotas. Se acudía a escuchar el Sermón de las Siete Palabras o
Sermón del Descendimiento tras el que bajaban de la Cruz la imagen del Señor y
la llevaban en impresionante solemnidad por los alrededores de la catedral en
la Procesión del Santo Entierro encabezada por el cabildo eclesiástico y, al
final, el obispo.
Ni automóviles ni coches
circulaban las calles y las personas procuraban caminar despacio. A los niños
se les recordaba no correr “para no pisar a Cristo que estaba en el suelo”.
Creo que ni nos bañábamos, aunque eso tal vez fuera una manera de la muchachada
de aprovechar la oportunidad.
De lo que sí estoy perfectamente
segura era de la intención por demostrar un respeto profundo a la Pasión de ese
Dios que había permitido la inmolación de su Hijo para redimir a la humanidad
del pecado y hacerla merecedora de la vida eterna.
ANECDOTAS Y TRADICIONES
Fuertes eran las anécdotas
rememoradas con voz temerosa ese gran día sobre los que osaban romper la severa
tradición de respeto al Viernes Santo.
El campisto que se atrevió a salir
en su caballo en busca de una vaca que se le había extraviado no regresó jamás
a su rancho y apareció ahorcado de un árbol altísimo. La joven lavandera que
desafió la tradición y no quiso interrumpir su tarea fue arrastrada
inmisericordemente por unos brazos invisibles que la sumergieron en lo más
profundo del río haciéndola desaparecer bajo la fuerte corriente.
Un impío cazador que horrorizó a
la población por desdeñar el consejo de no salir de caza hasta después de que
la iglesia cantara el “Gloria”, que entonces se hacía el sábado, se atravesó su
propia cabeza en el primer disparo...
¿SERA POSIBLE...?
Crecí observando esas leyes del
Viernes Santo y aunque, lógicamente, las fui ajustando de acuerdo a la vida
moderna, he procurado no trabajar ni asistir a festejos ese día. Sorprendentemente
logré hacerlo hasta hace unos años cuando, obligada por las circunstancias,
tuve que ir a la oficina que administraba, aquí en Miami, donde resido.
Al principio sentí cierta
aprensión pero con el trajín del día olvidé que era Viernes Santo y me enfrasqué
en mi trabajo máxime cuando mi computadora pareció haberse vuelto loca y me
colocaba mal las letras. Al pulsar una R en la pantalla aparecía una D. Repetí
el documento más de cinco veces fijándome cuidadosamente y... nada. Llamé al
departamento de reparaciones para reportar el mal funcionamiento pero me
informaron que el encargado se hirió un dedo y estaba en la enfermería.
En ese momento Liliana, la
recepcionista, vino a dejarme saber que la fotocopiadora estaba atascada y no
había forma de lograr sacar los papeles arrugados. Conversando con ella estaba
cuando escuché el grito de Manny, uno de mis compañeros, al resbalar en el piso
de la cocina. Alguien colocó mal el botellón de agua que se había vaciado
anegando la estancia.
Bajé un momento a pedir que nos
ayudaran con el desastre y al tomar el elevador la luz parpadeó brevemente; el
aparato en vez de llevarme a la planta baja subió como un tiro hasta el
penthouse. Cuando al fin regresé a mi escritorio noté que las tarjetas que
estaba organizando alfabéticamente, estaban en el suelo confundiéndose de
nuevo.
Agotada, agradecí la decisión de
los jefes de acortar el día cerrando temprano la oficina. Subí a mi automóvil
dispuesta a escuchar música relajante y cuando encendí la radio oí la conocida
voz de Betty Pino pidiendo
disculpas a los oyentes por las fallas de trasmisión debido a que habían estado
experimentando todo el día problemas con sus computadoras.
Repentinamente recordé que era
Viernes Santo y se me erizó la piel. De golpe mi mente se pobló con los
recuerdos de mi querido y lejano León de Nicaragua...
El reloj de mi auto marcaba las
tres de la tarde.
Tuesday, November 10, 2020
Tomado de Diarionica.com
Trump no importa
(He doesn´t matter)
Porfirio J. Gómez
Trump no importa. Es solamente un patético, alucinado e inescrupuloso millonario. Un sujeto anormal por sociópata. Véanle el rostro compungido. Es el rostro mismo de la derrota que intenta levantar un muerto.
En Pennsylvania un alcalde republicano le espetó: “Ponte
los pantalones de niño grande y acepta tu derrota”. Porque es como si fuera un
chavalo malcriado con una bomba TNT en la mano.
El partido Republicano importa, pero ahora carga una
enorme responsabilidad al haber aplaudido a Trump por cuatro años sin frenar
sus insensatos arrebatos y gratuitas injurias contra todo lo que es decente y
valioso en los E.U.
Esto rememora la Alemania nazi al caer vencida. Ahora los
partidarios dirán como entonces: “yo no sé nada, yo no vi nada, yo no supe lo
que estaba pasando”. O algo así.
Por causa de Trump, la nación norteamericana alevosamente
se partió en dos y ha pasado a convertirse en los Estados Desunidos de América.
Pasó de liderar el mundo libre a ser el hazmerreír global, incluidos los
sátrapas de Corea del Norte, Rusia, Cuba, Venezuela, Nicaragua, Turquía, Siria,
etc. que aun gozan de buena salud, mientras observan cómo se desgarra el pueblo
norteamericano.
¿Qué pasará con el partido Republicano después del
naufragio? Este partido tiene que recomponerse, hay que salvarlo. De lo
contrario, el partido está liquidado. Los demócratas, a los que los datos
claman vencedores en esta forcejeada contienda electoral, deberán jugar en tal
escenario un papel importante para salvaguardar la institucionalidad arrasada y
con ello la democracia norteamericana.
Se dice que las ratas son los primeros especímenes en
abandonar el barco que se hunde. Una deserción parecida está ocurriendo en la
W.H. Hay quienes por disimulo han caído infectados de covid-19 y otros con el
mea culpa en la boca.
Y el resto de sus seguidores, ¿acaso alistarán sus
maletas para huir del comunismo rampante a partir de enero 2021? ¿Es que se lo
creyeron en verdad? Tremenda manipulación y sarta de mentiras a la que se
expuso una parte de los estadounidenses por carecer de espíritu crítico. Y de
sentido común, el más común de los sentidos.<>
Thursday, October 29, 2020
¡AMIGOS NUEVAMENTE! Por Gina Sacasa-Ross
Tuesday, October 27, 2020
Memoria del Caribe
Memoria del Caribe
Es el territorio donde se han incubado las mejores ideas redentoras y los sueños más perversos
26 OCT 2020 - 17:30 CST EL PAIS
Cuando hablamos de identidad deberíamos empezar por buscarla en la diversidad. El Caribe, tan diverso y múltiple, es un universo complejo que se forma a través de los siglos en base a una mezcla de etnias de muy distinta procedencia, y de muy distintas culturas y lenguas, y que engloba variados territorios geográficos, continentales e insulares, distantes entre sí, pero que comparten elementos culturales fundamentales.
La cultura se vuelve un elemento crucial a la hora de hablar de diversidad, y al tratar de representar bajo un denominador común todo este conglomerado asombroso, y tan deslumbrante, que llamamos Caribe, y que desborda, en primer lugar, la lógica geográfica.
Podemos describir un círculo que comprende toda la costa del golfo de México, desde la Florida hasta Yucatán y la costa maya, que baja por la cornisa de Centroamérica, hasta la costa de Colombia, Venezuela y las Guyanas, y de allí por ese mar mediterráneo nuestro que comprende las Antillas mayores y menores, islas a sotavento y barlovento, y marca la frontera hacia el Atlántico.
El Mississippi de Mark Twain y William Faulkner es un río del Caribe, como Nueva Orleans y todo el Dixieland del jazz es el Caribe; y el Orinoco de Rómulo Gallegos, y el Magdalena de Gabriel García Márquez son ríos del Caribe. Y la isla de Trinidad de V.S. Naipul es una isla del Caribe, como Santa Lucía de Derek Walcott, y su mar de Homero, y la Martinica de Aimé Césaire, y Guadalupe de Saint John Perse.
Pero el Caribe es también la costa del Pacífico de Centroamérica, tierras de selvas y volcanes de Rubén Darío y Miguel Ángel Asturias, y es Guayaquil, ya muy adentro, hacia el sur, de ese mismo océano Pacífico, y lo es también Salvador, Bahía, en el litoral atlántico brasileño, territorio de Jorge Amado.
Una diversidad de razas y de pueblos. Una gran olla en la lumbre, una gran cocina de lenguas y música y religiones y ritos. El gran melting pot sin parangones. Un mestizaje múltiple. Los pueblos que ya estaban desde antes de la llegada de los conquistadores, zainos, arahuacos, caribes, mayas, nahuas, chibchas. Y los andaluces y extremeños, castellanos y vascos de la conquista, y los que siguieron llegando después, oleada tras oleada, catalanes, canarios, gallegos, y los colonos portugueses, los calabreses y napolitanos de la Italia pobre del sur, las juderías sefarditas en éxodo, y los judíos de Europa oriental, los árabes de Siria y Líbano y los palestinos del Imperio Otomano, y los chinos de Cantón escondidos en los barcos en barriles de tocinos salados, los hindúes de Bombay, los holandeses luteranos, los corsarios franceses.
Y, sobre todo, y este es un elemento común, que suele obviarse, o rebajarse, los negros esclavos traídos de África. Los mercados de esclavos más importantes estaban en Cartagena, Portobelo y La Habana, y por todo el Caribe se multiplicó la población mulata. Fueron los mestizos y mulatos los que pelearon las guerras de independencia, y la población de origen africano se diluyó bajo los distintos disfraces del blanqueo, que fue un proceso ideológico de ocultamiento de identidad.
Pero la herencia africana es infaltable, e inocultable. Sólo para mencionar la música, sin la que el Caribe no existiría como lo conocemos: del danzón a la guaracha, al merengue, la bachata, los porros, al mambo, las distintas variedades de la salsa; y más allá, hasta el sur del continente, el candombe, y la milonga y el tango, que tienen la imperdible marca africana.
Y el Caribe es también el territorio donde se han incubado las mejores ideas redentoras y los sueños más perversos, y se han fraguado proyectos de poder que podemos ver reflejados en la literatura, que los copia de la realidad de la historia.
Dónde sino habría de aparecer un personaje como Henri Christophe, al que encontramos en las páginas de El reino de este mundo, la novela de Alejo Carpentier. Era cocinero de una fonda en Haití, y llegaría a coronarse rey. E hizo construir en la cumbre del Gorro del Obispo la ciudadela de La Ferrière, cada bloque de piedra subido a lomo de sus súbditos esclavos, el antiguo esclavo dueño de esclavos.
Henri Christophe piensa en la opresión como esclavo, e imagina el poder como caudillo. Imagina con delirio. Y el delirio habría de repetirse a partir de entonces a lo largo de la historia. Con otros nombres, y otros disfraces.
La novela del dictador tiene su cuna en el Caribe, de El señor presidente, de Asturias, a El recurso del método, de Carpentier, a El otoño del patriarca, de García Márquez, a La fiesta del chivo, de Vargas Llosa. Es la geografía del caudillo, que en uno y otro país llega al poder para no irse más, llena las cárceles de presos políticos, agrega títulos sin fin a su nombre, e impone el terror, la adulación y el silencio.
Porque el Caribe es también un territorio de sueños perdidos, y de extrañas convivencias. Un mundo rural, antiguo, anacrónico, que pretende ser moderno y que fracasa siempre bajo el peso del caudillo enlutado. Y la terca persistencia de aquel mundo viejo, al que nunca termina de comerse la polilla, produce el asombro en la literatura.
Sergio Ramírez es escritor y Premio Cervantes 2017. Su última novela es Ya nadie llora por mí (Alfaguara).
Monday, October 19, 2020
EL TALLER DE CARMEN
Publicado en Artes y Letras de El Nuevo Diario 05/29/2016
El taller de Carmen
Por Gina Sacasa-Ross
Escritora nicaragüense residente en EEUU.
La extraña sensación le recordó a Eloísa el consejo brindado a la humanidad por el sabio Unamuno: [...] “el cuerpo canta; y el hombre escucha” lo que a su vez le provocó risa. ¡Siempre saco a relucir la literatura!, se dijo mientras seguía cavilando. De algo si estaba segura: embarazada no estaba, enamorada tampoco. Bueno, estaba casada y quería a su marido pero ya llevaban veinte años de matrimonio lo que garantizaba que ese aleteo no se debía a la emoción de verlo, escucharlo ni nada por el estilo.
El asunto era un misterio y ya comenzaba a notársele.
—Andas en las nubes— le dijo un día su amiga Ángela con tono de reproche.
—Es que… —atinó Eloísa a contestar y allí se quedó, ensimismada, con la mirada perdida.
Hasta aquella noche.
—Me siento como zombi— le comunicó Eloísa a su esposo. —Me voy a dormir temprano—.
Hizo bien, porque fue precisamente antes de meterse en la cama que logró despejar la incógnita gracias a aquel duendecillo que se le apareció de repente.
—Eloísa—le susurró al oído, —yo sé lo que te sucede. Yo sé porque sentís ese aleteo; que dicho sea de paso no se llama aleteo, se llama deseo, inquietud, vocación, en fin que lo que te sucede es que te morís por ser escritora.
—¿Yooo?— argumentó Eloísa. —¿De dónde voy a sacar esa idea? !Que disparate!—
—Que no querrás aceptarlo es otra cosa— continuo el duende con absoluta seguridad. Es más, fijate en lo que te voy a decir: no es que no querrás aceptarlo, es que tenes miedo a fracasar, a no poder hacerlo—.
—Humm— resopló Eloísa en actitud defensiva.
—La vida te está dando una oportunidad— prosiguió el enano, —la Asociación Nicaragüense de Escritoras te mandó un email invitándote a participar en el taller de escritura creativa dictado por la Carmen Pérez Cuadra. Es tu oportunidad. Corre a contestarlo—.
—¿Correr? ¿No te digo que sos iluso? ¡No puedo correr!— Y Eloísa dirigió una sarcástica mirada a su silla de ruedas.
El geniecillo dio un salto y se situó detrás de la silla de ruedas de Eloísa. —Sentate— ordenó entusiasmado, —yo te empujo—.
"HOMBRES Y MUJERES QUE HAN CREADO EL VALEROSO ESPÍRITU LEONÉS" --TERCERA ENTREGA.
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