Tuesday, April 7, 2020

LEON DE NICARAGUA Y SU SEMANA MAYOR


Diario Las Américas
Publicado el 04-04-2009

León de Nicaragua y su Semana Mayor

Ciudad de las mil leyendas, embrujo de barro y sol. Por tus calles empedradas va rodando mi canción con cierta nostalgia indígena y un vago deje español.
(Fragmento del poema a León de Alicia Prado Sacasa)



Por GinaSacasa-Ross

Catedral de León, Nicaragua
La Semana Santa en mi León de Nicaragua -ciudad provinciana de sencillas costumbres moldeadas por la religión católica-, era una mezcla de desbordante alegría y fervor religioso. Recuerdo vivamente aquellas de los años 50 del pasado siglo XX.
La Semana Mayor se inauguraba oficialmente el Domingo de Ramos, día en que la ciudad entera estallaba de piadoso entusiasmo. Las calles se aseaban con anticipación hasta que rechinaran de limpias.
El viento agitaba miles de banderitas confeccionadas con papel de colores y prendidas horizontalmente en los aleros de las casas con el propósito de cubrir las calles de lado a lado y proporcionar un poco de sombra al Divino Nazareno cuya imagen hacía el recorrido sobre un burrito desde la Iglesia de Sutiaba hasta la Catedral transitando la vieja Calle Real.
Mesas con llamativos manteles de plástico eran preparadas al borde de las aceras exhibiendo toda clase de tentaciones al paladar que iban desde las frescas rodajas de sandía y las jugosas naranjas, mangos y jocotes, hasta el oloroso baho, el sabroso chancho con yuca y las crujientes empanaditas que se acompañaban con cualquiera de las refrescantes bebidas: chicha de maíz, cebada, posol, arroz con piña y las bien heladitas gaseosas marca Flores.
Los jóvenes lanzaban serpentinas a las muchachas a modo de piropos y éstas le devolvían la galantería con una sonrisa que hacía recordar los versos de Rubén: “... y la más hermosa sonríe al más fiero de los vencedores...” aunque aquí no había vencedores ni vencidos. Todo era festividad y alegría. Comenzaba la Semana Santa en León.
Uno o dos meses antes que se iniciaran estos festejos, la población empezaba a preparar los ajuares. Los comerciantes experimentaban un auge tremendo en sus negocios porque lo normal era “estrenar” comenzando desde el lazo para el cabello de las niñas, hasta los zapatos.
Las personas pudientes estrenaban un ajuar completo cada día de la semana. Los demás, hacían lo mejor que podían. Pero todos participaban de la Semana Santa con inmensa devoción.
El Lunes Santo, la fiesta era en honor a San Benito, el santo negro que por trabajador, bondadoso y humilde alcanzó la santidad. Los creyentes imploraban su ayuda y comprometían su atención y solidaridad con promesas.
La iglesia de San Francisco, donde era venerado, se abarrotaba de luces, no eléctricas, sino las llamadas “luces humanas”, porque los promesantes debían vestir una gran bata blanca y portar una vela encendida. Las cláusulas de las promesas entre persona y Santo eran totalmente privadas. Así, algunos llevaban una escoba para barrer la iglesia, otros entraban de rodillas, pero siempre en traje de luz y con vela.
Recuerdo que le pagué una promesa a San Benito cuando tenía unos siete u ocho años de edad. No me acuerdo del motivo o cuál fue el milagro recibido. Puede haber sido la cura de alguna fiebre alta o enfermedad y que mi madre haya ofrecido la promesa, pues también era válido “negociar” un favor con el compromiso de que otra persona “saldría de luz” el Lunes Santo y hasta creo que podía hacerse sin previa autorización de la persona comprometida, pero una vez hecha no se podía dejar de cumplir. El Martes Santo se celebraba la procesión de San Pedro y la población acudía luciendo sus mejores galas.
El miércoles quedaban cerrados los establecimientos comerciales. Además, ese día tocaba recordar la traición de Judas y estaba permitido contar a viva voz  ingratitudes recibidas describiendo a los que las habían infringido pero sin mencionar nombres. Muchos rostros lucían lívidos el Miércoles Santo: unos de la cólera al recordar los agravios y otros del temor a ser reconocido por las descripciones...
El jueves era en extremo solemne y la catedral se desbordaba de fieles para conmemorar la instauración de la Eucaristía, ese regalo de su Cuerpo y su Sangre que nos dejó Jesús en la Ultima Cena. El obispo escogía a doce jóvenes para la ceremonia de la lavada de pies como hizo el Salvador del Mundo con sus doce apóstoles en señal de humildad.

Durante todos esos días la ciudad también estrenaba alegrías. En los parques se instalaban puestos de venta con toda clase de comidas deliciosas, refrescos y golosinas y el algodón de azúcar que yo encontraba insuperablemente sofisticado y delicioso.
Pobres y ricos se mezclaban sin reparos unidos por la devoción y el entusiasmo. Era un ambiente tan sano... imposible de olvidar.
Recuerdo que siendo muy pequeña, me perdí entre el bullicio de las celebraciones. Afligida rompí a llorar.
Un borrachito que pasaba a mi lado me preguntó por qué lloraba. “No encuentro a mi mamá ni a mis hermanas”, le dije. Me aseguró que me ayudaría y me preguntó el nombre de mi padre. Al decírselo me tomo de la mano y me llevó a mi casa. ¡Qué tiempos aquellos!
Pero si los primeros días de la Semana Santa eran de fiesta y alegría, el Viernes Santo ofrecía un contraste total. A partir de la media noche del jueves la ciudad se silenciaba por completo. Se apagaba la radio. Nadie osaba entonar una canción ni silbar. Se cuidaba de que los pequeños no alborotaran y se hablaba en tono quedo. No había pleitos ni palabrotas. Se acudía a escuchar el Sermón de las Siete Palabras o Sermón del Descendimiento tras el que bajaban de la Cruz la imagen del Señor y la llevaban en impresionante solemnidad por los alrededores de la catedral en la Procesión del Santo Entierro encabezada por el cabildo eclesiástico y, al final, el obispo.
Ni automóviles ni coches circulaban las calles y las personas procuraban caminar despacio. A los niños se les recordaba no correr “para no pisar a Cristo que estaba en el suelo”. Creo que ni nos bañábamos, aunque eso tal vez fuera una manera de la muchachada de aprovechar la oportunidad.
De lo que sí estoy perfectamente segura era de la intención por demostrar un respeto profundo a la Pasión de ese Dios que había permitido la inmolación de su Hijo para redimir a la humanidad del pecado y hacerla merecedora de la vida eterna.
ANECDOTAS Y TRADICIONES
Fuertes eran las anécdotas rememoradas con voz temerosa ese gran día sobre los que osaban romper la severa tradición de respeto al Viernes Santo.
El campisto que se atrevió a salir en su caballo en busca de una vaca que se le había extraviado no regresó jamás a su rancho y apareció ahorcado de un árbol altísimo. La joven lavandera que desafió la tradición y no quiso interrumpir su tarea fue arrastrada inmisericordemente por unos brazos invisibles que la sumergieron en lo más profundo del río haciéndola desaparecer bajo la fuerte corriente.
Un impío cazador que horrorizó a la población por desdeñar el consejo de no salir de caza hasta después de que la iglesia cantara el “Gloria”, que entonces se hacía el sábado, se atravesó su propia cabeza en el primer disparo...
¿SERA POSIBLE...?
Crecí observando esas leyes del Viernes Santo y aunque, lógicamente, las fui ajustando de acuerdo a la vida moderna, he procurado no trabajar ni asistir a festejos ese día. Sorprendentemente logré hacerlo hasta hace unos años cuando, obligada por las circunstancias, tuve que ir a la oficina que administraba, aquí en Miami, donde resido.
Al principio sentí cierta aprensión pero con el trajín del día olvidé que era Viernes Santo y me enfrasqué en mi trabajo máxime cuando mi computadora pareció haberse vuelto loca y me colocaba mal las letras. Al pulsar una R en la pantalla aparecía una D. Repetí el documento más de cinco veces fijándome cuidadosamente y... nada. Llamé al departamento de reparaciones para reportar el mal funcionamiento pero me informaron que el encargado se hirió un dedo y estaba en la enfermería.
En ese momento Liliana, la recepcionista, vino a dejarme saber que la fotocopiadora estaba atascada y no había forma de lograr sacar los papeles arrugados. Conversando con ella estaba cuando escuché el grito de Manny, uno de mis compañeros, al resbalar en el piso de la cocina. Alguien colocó mal el botellón de agua que se había vaciado anegando la estancia.
Bajé un momento a pedir que nos ayudaran con el desastre y al tomar el elevador la luz parpadeó brevemente; el aparato en vez de llevarme a la planta baja subió como un tiro hasta el penthouse. Cuando al fin regresé a mi escritorio noté que las tarjetas que estaba organizando alfabéticamente, estaban en el suelo confundiéndose de nuevo.
Agotada, agradecí la decisión de los jefes de acortar el día cerrando temprano la oficina. Subí a mi automóvil dispuesta a escuchar música relajante y cuando encendí la radio oí la conocida voz de Betty Pino pidiendo disculpas a los oyentes por las fallas de trasmisión debido a que habían estado experimentando todo el día problemas con sus computadoras.
Repentinamente recordé que era Viernes Santo y se me erizó la piel. De golpe mi mente se pobló con los recuerdos de mi querido y lejano León de Nicaragua...
El reloj de mi auto marcaba las tres de la tarde. 

Friday, March 27, 2020

ESCRIBIR ES MEDICINAL



                 
Hace 22 años fui diagnosticada con distrofia muscular, una condición genética que gradualmente va debilitando los músculos del cuerpo hasta inutilizarlos. En esa situación son pocas las actividades que una persona puede llevar a cabo y por consecuencia, también son pocas las distracciones disponibles para entretener la dureza de la vida diaria. Yo estoy ahí, yo tengo autoridad para hablar de eso. Y voy a hacerlo más adelante.  Primero, quiero contarles como la pasión por trabajar la palabra escrita me ha ayudado a sobrellevar la desesperación de pasar la mayor parte de mi tiempo clavada en una silla de ruedas.
Yo nací en el seno de una familia de escritores. Mi padre y sus hermanos fueron poetas. Los hermanos de mi madre, también. Según me cuentan, yo hice mi primer poema antes de los cinco años  de edad. Nosotros vivíamos en León de Nicaragua y el Cerro  Negro estaba en erupción, sus retumbos aterrorizaban a la población y una lluvia de arena amenazaba con aplastarnos. Yo reaccioné ante el horror amonestando al gigante: 'Cerro bandido, que nos asustas con tu rugido/ ¿No te da pena arrojar tanta arena?' decía aquel mi primer poema.
A los 17 años, escribí una novela, 'Vida Colegial' que narraba las experiencias vividas por cuatro muchachas nicaragüenses que seguían sus estudios secundarios (High School) en un colegio de monjas en Nueva Orleans, Estados Unidos. Relatos de juventud, de vidas que comienzan, de quimeras, de ilusiones. En ese entonces, escribía a mano y con lápiz pues para hacer cambios había que poder borrar lo escrito anteriormente. Recuerdo los huecos en el papel a causa de tanto borrar los nombres de los muchachos que le iban gustando a cada protagonista, que por 'casualidad' correspondían a los nombres de los muchachos que nos iban gustando a mis amiguitas y a mí.
Esa novela juvenil quedó engavetada cuando conocí al 'príncipe de mis sueños', me casé con él, formamos una familia y fuimos felices muchos años.
Durante un buen tiempo la novedad de emprender el rol de persona adulta, y las responsabilidades implicadas en llevar un hogar,  me mantuvieron alejada de la escritura, pero a medida que en mi vida se desvanecían las nubes rosadas fui descubriendo ciertas desigualdades, ciertas injusticias, ciertos desencantos…que me hicieron volver a escribir.
Esta vez, y, adelantándome a la tendencia popularizada hoy en día por el sistema Kindle Direct Publishing, publiqué mi primer libro, '8 caras de Nicaragua' de manera independiente. Era una colección de ocho cuentos cortos; cada uno de ellos narraba  una anécdota identificable a una situación actual de la Nicaragua de los 70. Mi propósito, como expliqué en el prólogo era publicar 8 caras anualmente y que su lectura planteara a mis lectores una reflexión.
Sin embargo, ese mi propósito no me fue posible porque la revolución sandinista que luchaba para derrocar a Anastasio Somoza hijo, tomó auge y triunfó en 1979.  Después vino la guerra civil que nos hizo huir de Nicaragua para encontrar refugio en los Estados Unidos.
Mi vida sufre un vuelco. De pronto me convierto en exiliada. Además, mi matrimonio se derrumba. Recurro a mi vocación para complementar mis ingresos. En Miami, Florida escribo una columna social en La Prensa Centroamericana y en el Diario Las Américas. ¡Asi de salvador puede ser el amor a escribir!
Hoy, mi vocación de escritora me rescata del tedio y la angustia en las que, como les platicaba anteriormente, me ha sumido la distrofia muscular, y paso las horas de mis días escribiendo en cuentos cortos trozos de mis recuerdos. Asi, poco a poco empecé el bosquejo de un libro de mis memorias…un proyecto que me acompañó por años, un proyecto que yo acaricié con ternura, que se volvió mi fiel compañía y a veces, muchas veces, mi paño de lágrimas.
Hasta que juzgué que mi libro estaba preparado para encarar el mundo y me tocó buscarle un lugar adecuado para que así lo hiciera.
Gracias a Amazon encontré la plataforma perfecta, ¡Kindle Direct Publishing! y pude compartir con mis hijos, mis nietos, mis familiares, mis compatriotas, mis amigos y el público en general, parte de mis memorias recopiladas en mi libro Ahora que vuelvo, madre.

Ahora que vuelvo, madre vio la luz pública en Amazon. Ahí los espera para contarles anécdotas acaecidas en Nicaragua entre los años cuarenta del siglo XX  al año 2015 del presente siglo, alusivas al transcurrir de la vida cotidiana en medio de contradicciones sociales, culturales y económicas, antes y después de 1979 algunas de ellas específicamente en León, mi ciudad natal.
¡Gracias, Amazon Kindle Direct Publishing!

Monday, January 13, 2020

CRUCERO POR EL CARIBE OCCIDENTAL


Queridos amigos, hace poco más de veinte años fui diagnosticada con Distrofia Muscular, una condición genética que debilita los músculos del cuerpo. Con el tiempo, las personas afectadas con DM pierden la capacidad de valerse por sí mismas teniendo que depender totalmente del esfuerzo, la bondad y el amor de otras personas. Yo estoy en ese punto. Por eso, procuro no salir de mi casa a menos que sea estrictamente necesario. Afortunadamente, todavía puedo leer bien y  gracias a la tecnología escribo en mi computador (¿a?) Asi entretengo mis días y me comunico con ustedes.
Pero que les parece, que para esta Navidad acepté el enorme reto de ir en un crucero por el Caribe occidental saliendo del puerto de Tampa, Florida, parando en Key West, Florida un día para luego enrumbar hacia Cozumel, México.
Una aventura audaz para una persona invalida. El atrevimiento me lo alimentaba el deseo de que Dan, mi esposo, ángel y victima mío, mis pies y mis manos ¡mi todo!, disfrutara de unos días de descanso. Y, por supuesto que también, la ilusión de compartir esos días navideños con mi hija Ramona, Mark su esposo y sus dos niñas, Cecilia y Abigail, quienes fueron motor y alma de esas vacaciones. Ellos se encargaron de alquilar el dispositivo médico necesario de manera que, cuando entré a mi cabina encontré esperándome una grúa y una cama de hospital igual a las que tengo en el dormitorio de mi casa.
Para entretenerme, llevé conmigo el libro 'Rubén Darío segun un paisano matagalpa' escrito por  Eddy Kuhl. Nuestro barco, el Brilliance of the Seas de la Royal Caribbean zarpó a las 4 de la tarde. Asi pues,  armada yo de buena compañía, inició mi gran aventura de la que les quiero platicar pero voy a tener que hacerlo en varias partes. Abrazos y ¡Feliz Año 2020!

Thursday, September 5, 2019

LA RABIA DEL VIENTO

La rabia  del viento
Por Gina Sacasa-Ross
©es.wikipedia.org
Los noticieros anuncian la formación de un posible huracán  en el océano Atlántico. Un nombre, Andrew, estalla en mi mente; su fuerza esparce mis recuerdos en mil pedazos que atrapo en el aire porque deseo convertirlos en palabras para escribir sobre algo que, en materia de literatura histórico-emotiva, es tema que marca uno de los desastres más notables en el sur del estado de la Florida. 
Miami, la ciudad alegre, la amiga de los latinos que permite recrear en los Estados Unidos las calles y vecindarios de Cuba, Nicaragua, Venezuela o Colombia, aunque adornándolos de libertad. De esa libertad tan añorada por los exilados a quienes ha acogido abriéndoles de par en par los brazos. Esa luminosa ciudad se vio azotada por vientos superiores a las 160 millas por hora al amanecer del 24 de agosto de 1992. ¿Alguno de ustedes lo ha podido olvidar? 
¡Yo no! 
Los pronósticos que sobre el tiempo emitian constantemente las estaciones de radio y televisión de la ciudad, asi como sus advertencias urgiendo a la población tomar severas medidas de precaución ante la llegada del fenómeno atmosférico, eran alarmantes. “Puras tácticas para captar audición”, pensaba yo, porque, ¿Cómo creerles si no había ni el menor asomo de tormenta? Al contrario, era un día totalmente normal y hasta bonito. Era domingo y el sol resplandeciente alumbraba un cielo azul sereno.  
Mi hijo Roberto pasó a buscarme para ir a Misa. Cuando regresamos a mi casa, a instancias suyas colocamos cintas adhesivas de 4 pulgadas de ancho en cruz sobre la parte interior de todas las ventanas. Recomendación que él había escuchado o leído en algún lugar. 
A mí me pareció una precaución más que suficiente. 
Tenia toda la intención de quedarme tranquilamente en mi casa esperando al famoso Andrew, pero mi hijo que estaba solo porque su esposa andaba visitando a una tía por California, me convenció de ir a pasar la noche en su apartamento. 
Acepté, primero, porque me encantaba la idea de compartir una velada con mi hijo y segundo, por una remota asociación de agua con huracán que me hizo imaginar posible alguna inundación en mi casa siendo como era de una sola planta. 
El asunto es que nos marchamos para el apartamento de mi hijo. Él vivía en la zona oeste de la ciudad de Miami, al norte de la US-1 y este del Turnpike, en un condominio en el último piso cerca de ‘The Hammocks’. El edificio debe haber sido de unos seis pisos de alto. Después de cenar intentamos ver algún programa en la televisión pero fue imposible. No se hablaba más que del tal Andrew que yo no divisaba por ningún lado. Para ocuparnos en algo repetimos la operación de la cinta adhesiva en las ventanas y, además, mi hijo colocó una colchoneta dentro del walking closet de su cuarto. 
—Por si acaso mami —me dijo—, así que ya sabes, cualquier cosa nos tiramos en la colchoneta. 
En Nicaragua habíamos pasado un terremoto y una guerra pero de huracán no sabíamos ni pío. Aunque sí habíamos experimentado fuertes lluvias, no conocíamos la extraordinaria fuerza que el viento puede desarrollar. 
Como tampoco estaba acostumbrada a tomar en cuenta las predicciones sobre el tiempo, ponía en tela de juicio los inquietantes reportes contrarios totalmente a lo que mis propios ojos veían:un cielo limpio y despejado. Por eso, me costaba mucho admitir que en este nuestro nuevo país existían técnicas capaces de descifrar con anticipación el pronóstico del tiempo. 
Poco tardé en convertirme en firme creyente de los reportes meteorológicos. 
En la madrugada, cuando el sueño es más dulce y profundo, un ruido como el de un jet que sobrevuela sobre tu propia cabeza, o un gigantesco tren que está a punto de arrollarte, me despertó. 
—¡Roberto! —grité. 
—¡Al closet! —gritó él. 
Y hacia allá corrimos. 
Sentados sobre el colchón con los brazos apoyados en las rodillas, nos tapamos los oídos con las manos tratando inútilmente de aminorar el retumbante sonido provocado por la fuerza del viento que totalmente descontrolado, como poseído de una rabia infinita, parecía circundar el edificio en busca de victimas a las que castigar. Levantaba árboles, techos y autos suspendiéndolos dentro de su poderosa esfera de monstruo de un solo ojo y los lanzaba en un desenfrenado viaje por el aire ¡a Dios sabe cuántos cientos de millas por hora! Lo peor de todo era la larga duración de este fenómeno. 
—¿Cuándo acabará esto?” —balbucí. 
Mi hijo solamente movió la cabeza de un lado a otro. 
El terremoto, te coge de improviso, te sacude violentamente, puede que te entierre bajo los propios escombros que causa, pero todo es obra de un minuto. 
El huracán, no. Ruge, sopla, te envuelve, te estremece, no acaba… sigue y sigue y sigue… 
Pasamos horas oyendo el espantoso ulular del viento y los horrendos sonidos que ocasionaba a su paso. Extrañamente no recuerdo haber escuchado gritos humanos a pesar de que constantemente nos parecía reconocer estruendos típicos a derrumbes de paredes, choques de grandes objetos de metal, árboles sucumbiendo a la fuerza del viento. Rodeados de oscuridad, mi hijo y yo permanecíamos aterrorizados dentro del closet sentados sobre el colchón rogando a Dios, a la Virgen y a toda la corte celestial que el coloso se calmara. 
Por fin así sucedió. 
Amainó el embiste del viento pero nosotros seguimos paralizados por un rato largo. Mi hijo fue el primero en reaccionar.  Probó nuevamente encender el radiecito portátil que esta vez funcionó y pudimos saber lo siguiente: Después de debilitarse tras pasar sobre las Bahamas, Andrew recuperó la categoría 5 al momento de tocar tierra en el sur de Florida, con vientos de--- kilómetros por hora y una presión de 922 hectopascales. 
Nos asomamos a la ventana y lo que vimos fue desolador. Todos, juro, todos los edificios aledaños al nuestro habían perdido sus techos y muchas de sus paredes. Los apartamentos simulaban esas casas de muñecas cuyas habitaciones son abiertas para que las niñas coloquen  a su antojo muebles y muñecos. Pero en esos apartamentos que contemplábamos aquella mañana, las cortinas despedazadas, los muebles dañados, las lámparas rotas, los huecos de las ventanas con sus marcos retorcidos, no hacían pensar en un juego sino en lo siniestro del espectáculo y la magnitud de la tragedia. Fue entonces que tuvimos conciencia de lo que habíamos vivido, del dolor que muchas personas estaban experimentando por tan inmisericorde ataque de la naturaleza, de las pérdidas humanas y económicas, en fin, del inmenso desastre en el que el fenómeno Andrew había sumido a Miami. 
Huracán Andrew 3
https://www.meteorologiaenred.com/fotos-de-la-devastacion-causada-por-el-huracan-andrew-en-1992.html                               Miguel Serrano
Los expertos del Centro Nacional de Huracanes concluyeron que Andrew tuvo por poco tiempo vientos sostenidos de 265 km/h (esto, antes y al momento de que el huracán tocara tierra), clasificándolo como huracán categoría 5 dentro de la Escala de Saffir-Sim. Andrew fue el tercer huracán en impactar a los Estados Unidos con categoría 5. Sus predecesores fueron el huracán Camille (que afectó Misisipi y Luisiana en agosto de 1969) y el huracán del Día del Trabajo de 1935 (que devastó los Cayos de la Florida en septiembre de 1935). Como pasa con la mayoría de los huracanes que registran altas categorías dentro de la escala Saffir-Simpson, lo peor de Andrew fueron los feroces vientos, provenientes de unos "tornados incrustados" a éste; conclusión a la que llegó Tetsuya Theodore Fujita, un meteorólogo de la Universidad de Chicago que derivó la escala de Fujita para medir la intensidad de los tornados, cuando investigaba los daños causados en la zona de Homestead. Hubo miles de vortices de este tipo en el huracán; varios de ellos tuvieron trayectorias largas y destruyeron cada edificio que pasara por su camino. Andrew también produjo un tornado en el sureste de Louisiana. El huracán provocó 23 muertes en los Estados Unidos y tres más en las Bahamas. Los daños totales para EE.UU. fueron en su momento de 26,5 mil millones de dólares de 1992, mil millones en Luisiana, y el resto en Florida. (https://es.wikipedia.org/wiki/Hurac%C3%A1n_Andrew)
Lo que nos asombraba a mi hijo y a mí era como habíamos salido ilesos en medio de la catástrofe. El techo de nuestro edificio estaba completo, ni una sola ventana se había roto. Las cruces de cinta adhesivas con que las habíamos protegido se encontraban intactas. Nos hincamos y dimos infinitas gracias a Dios y a la Virgen por su protección. 


"HOMBRES Y MUJERES QUE HAN CREADO EL VALEROSO ESPÍRITU LEONÉS" --TERCERA ENTREGA.

 Las ciudades, como los seres humanos, tienen fisonomía y espíritu, características que generalmente identifican a quienes crecen en ellas m...